domingo, 22 de noviembre de 2009

Principios absolutos


El enfoque que el pensamiento moderno rechaza
He meditado sobre el estado del mundo actual y la pérdida de respeto a Dios y a la humanidad que manifiesta un importante sector de la juventud; y he llegado a la conclusión de que la enseñanza moderna es en gran medida responsable de esa tendencia. A los jóvenes de hoy en día se les inculca el concepto de que no hay verdades absolutas. Ese es el principio fundamental de la educación moderna: «No hay valores absolutos; todo es relativo». Estoy convencido de que el propósito de esa consigna es socavar la fe en Dios, símbolo por excelencia de lo absoluto. Llama la atención cómo los secularistas han arremetido contra las principales disciplinas que demuestran la existencia de un Dios perfecto. Lo primero que atacaron fue la propia religión, y lo hicieron de la manera más sutil: «Ninguna religión está necesariamente equivocada. Por lo tanto, tampoco es seguro que haya alguna acertada. Las diversas religiones no son más que eso, religiones, probablemente inventadas por los hombres. ¿Quién puede determinar cuál es verdadera y cuál es falsa?» En otras palabras, en materia de religión nada es absoluto. La intención de fondo de todas esas proclamas es obviamente minar la fe en Dios. Habiéndose deshecho de Dios y de la religión, el siguiente paso era descalificar la filosofía, demostrar que no hay filosofía perfecta, que ninguna en particular es verdadera o falsa. La historia es otra disciplina que demuestra claramente la existencia de Dios. La ley de justa retribución, que se pone de manifiesto en el auge y la caída de los imperios según procedan con rectitud o impiedad, es una de las pruebas más fehacientes de la existencia de Dios y de ciertas reglas determinadas por Él. De ahí que los laicistas tuvieran que deslegitimarla. Se ha puesto de moda en los libros de historia envilecer a ciertos personajes que siempre disfrutaron de admiración, desacreditar a los próceres y héroes de la historia. Simultáneamente despojaron a las matemáticas de su infalibilidad. «Dos más dos ya no son necesariamente cuatro, puesto que dos no siempre es dos, y cuatro no siempre es cuatro. Supongamos que dos fuera igual a tres: dos más dos sería igual a seis, solo que el segundo dos quizá no sea igual a tres. Quizá sea igual a cuatro…» Dicho de otro modo, no existen valores absolutos, no hay un orden establecido; solo incertidumbre y confusión. Lo mismo hicieron con la música, hasta el punto de que ésta ha dejado de ser arte para convertirse en puro ruido. Ya no es necesario que sea armoniosa o agradable. Ya no hay música que sea buena o mala, ya que no hay reglas. Fijémonos en la pintura: el arte moderno es confusión total. No se rige por ninguna norma, carece de belleza, no tiene nada. Es puro desorden. Ya no es preciso que tenga sentido, que transmita una idea o que tenga simetría. Es que si se elimina el sentido, si se demuestra que las cosas carecen de sentido, se infiere que el orden no existe. No habiendo propósito ni plan queda descartada la existencia de un Planificador. Antes, tanto la pintura como la música se regían por cánones muy estrictos para crear auténtica belleza. Hoy en día la tendencia es a apartarse de esos parámetros. En ambas disciplinas los vanguardistas, los librepensadores, los que marcan la pauta, han tirado las reglas por la borda. El resultado es confusión y crudeza. La música ya no tiene por qué ser melodiosa, y buena parte de lo que se escucha no son más que sonidos, ruidos, bulla. La pintura dejó de ser artística, y mucho de lo que se produce no tiene más que caóticos colorinches y figuras antiestéticas desprovistas de sentido. Se valieron de la misma estratagema para atacar el concepto de la creación. Tenían que demostrar que la naturaleza no se rige por ninguna ley, no se atiene a ningún plan, no tiene un propósito rector, para poder deducir que no existe un Ente superior que disponga un orden de cosas. La creación pasó a ser un proceso evolutivo caótico y privado de sentido: «Todo es producto de la casualidad». Todo lo que tenga orden, se ciña a ciertas pautas, siga un plan o cumpla un propósito es prueba de la existencia de una autoridad superior que fija las reglas, pone orden y lo planifica todo conforme a un propósito. Era preciso combatir ese concepto para acabar con la fe en lo absoluto y por lo tanto en Dios. El lema de los laicistas es: «No es necesariamente así». «Lo que dice la Biblia no tiene por qué ser cierto. Los registros históricos no corresponden necesariamente a la verdad. La religión tampoco es como dicen. La filosofía no es fidedigna. No hay motivos para creer que la creación se produjo como afirman las Escrituras. El arte no está sujeto a reglas». Todo es cuestionable, ya que nada es absoluto. Probando que cada una de esas disciplinas es imperfecta, se refuerza su argumento de que la perfección no existe, y por consiguiente Dios tampoco. Todo se centra en la impía premisa de que, si no hay reglas, queda descartada toda autoridad superior. Cristo dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida» (Juan 14:6). Pero si nada es tal como se afirma que es —como quieren hacernos creer algunos—, nada es cierto, y Cristo no existe. De modo que para negar la existencia de Dios tuvieron que negar la existencia de la verdad, la armonía y el orden y poner en tela de juicio los designios, las reglas, las normas, etc. Para deshacerse de Dios tuvieron que desembarazarse de las verdades absolutas —de lo cierto y lo falso— y del sentido y la razón de ser de todo. El fruto de ello es el caos, la demencia, la locura generalizada. Claro que los perpetradores de semejante atentado contra la humanidad tampoco coincidirían conmigo en este punto, pues según una corriente que está muy en boga en la psicología moderna, en realidad nadie está ni loco ni cuerdo; simplemente hay personas distintas. ¿Quién puede erigirse en juez y dictaminar quién sufre de locura y quién no? Para que haya un orden social tiene que haber leyes y normas; y para ello, quienes las formulen y quienes las observen deben estar convencidos de que ciertas cosas están bien y otras mal. Y si ese es el caso, es preciso que exista un legislador supremo, que no puede ser otro que Dios. Por consiguiente, los impíos tarde o temprano tienen que terminar convirtiéndose en anarquistas acérrimos que no acaten ninguna regla ni ley, no reconozcan ningún orden, no acepten plan alguno, no tengan ningún propósito ni le encuentren sentido a nada. En realidad están ayudando al Diablo a lograr su objetivo, el mismo por el que genera caos y confusión, y que no es otro que acabar con la creación de Dios. En vista de todo lo anterior, hoy en día una enseñanza auténticamente revolucionaria conllevaría un retorno a Dios. En el aspecto religioso hay que regresar a la verdadera fe; en las ciencias, al creacionismo; en filosofía, al amor auténtico; en historia, al concepto de designio; en el lenguaje, a la verdad; en la pintura, a la belleza; en la música, a la armonía; en las matemáticas, a las reglas; en materia de ética, a la noción del bien y del mal; en el gobierno, al orden. Para que la vida recobre sentido, es preciso que en todo demos un giro hacia Dios, el Creador de cuanto existe, el que lo ideó y lo planificó. Él es el único capaz de darle verdadero significado a la existencia. Por lo tanto, en lo que a educación se refiere, debemos volver a Dios en todas las materias y disciplinas. Hay que recobrar la cordura y la razón, retornar a la idea de un designio para la existencia, dispuesto por un Proyectista divino conforme a ciertas reglas. Él pone orden por medio del gobierno, en sustitución de la anarquía y el desorden. Llena de sentido el universo y traza el derrotero de los planetas. Nos da amor, paz interior, salud, reposo espiritual, felicidad y alegría, y nos enseña que «el temor [la veneración] del Señor es el principio de la sabiduría» (Proverbios 9:10). Es necesario ver a Dios en todo para descubrirles a las cosas su sentido, su razón de ser, su finalidad, de acuerdo con un plan, un designio, un objetivo, la perfección del reino de Dios. Los que repudian a Dios nos llevarán al caos y a la destrucción total. En contraposición nosotros, los creyentes, debemos esforzarnos por establecer la paz, el orden y el modelo de vida que nos propuso el gran Arquitecto por medio de Sus normas y leyes, Su concepto del bien y del mal y Sus valores absolutos, sin los cuales no puede haber paz, orden ni legítima felicidad. Gracias a Dios por las verdades absolutas y por las reglas que Él ha establecido para que distingamos entre el bien y el mal, y en consecuencia hallemos la felicidad por medio de Su amor, Sus amorosas leyes y Sus razonables reglas. Que Dios te ayude a conocerlo, dado que conocerlo es vida eterna (Juan 17:3) ¡y absoluta!

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