domingo, 22 de noviembre de 2009

El humanismo secular y su rol en el Tiempo del Fin


EN LA SOCIEDAD MULTICULTURAL de hoy en día existe una corriente de pensamiento cada vez más extendida que se conoce como relativismo moral. Esta corriente nos lleva a no adoptar posturas sentenciosas y a no erigirnos en jueces ni emitir juicios sobre lo que la gente cree y hace. Se postula que todo es relativo. Aun actos que consideraríamos repulsivos e inmorales pueden ser aceptables según las costumbres de otras personas. Aunque no cabe duda de que los cristianos debemos ser comprensivos y tolerantes con los demás, ceder ante creencias o prácticas que contradicen diametralmente los dos grandes mandamientos de Dios —amar a Dios y al prójimo— equivale a dejarnos engañar y descaminar. Ese relativismo moral es consecuencia directa de una filosofía atea denominada humanismo secular. El humanismo moderno tiene sus orígenes en el Renacimiento. Hoy en día se considera que ciertos personajes de talla del período renacentista y del de la Ilustración que le siguió —Leonardo da Vinci, Isaac Newton, Erasmo de Rotterdam y muchos otros— eran humanistas. De hecho, ellos mismos se consideraban así. Para ellos, el humanismo era la vía para devolver a las artes, las ciencias y la filosofía su dimensión humana, dado que por cientos de años dichas disciplinas habían estado al servicio de la religión, la cual se hallaba por aquella época plagada de superstición. Sin embargo, hay que hacer notar que todos esos precursores del humanismo moderno no dejaban de proclamar una firme creencia en Dios. El humanismo secular de hoy en día dista mucho de eso. Los partidarios de esta corriente de pensamiento sostienen que toda fe en Dios y toda religión es irracional y por tanto no tiene cabida en su concepción del mundo. Consideran que la dimensión natural es la única efectiva, que lo sobrenatural no existe y que, por ende, el hombre es su propio dios. Por lo general, los humanistas son fervorosos apóstoles del evolucionismo. Lo irónico del caso es que una y otra vez se demuestra que esa teoría no es más que una creencia y que no se puede probar científicamente como sostienen sus defensores. Equivale a creer en lo invisible, puesto que los procesos de lo que se denomina más correctamente macroevolución —es decir, la evolución de una especie hasta transmutarse en otra— y las pruebas de los mismos siguen estando tan vedadas al ojo humano como la dimensión espiritual. Sin embargo, la gran diferencia radica en que, mientras los procesos y las pruebas empíricas de la macroevolución no aparecen por ninguna parte, la dimensión espiritual es bien real. Cada vez se engrosa más el contingente de científicos sinceros que no tiene empacho en proclamar que el evolucionismo posee todas las características de una religión. Eso hace que un partidario del humanismo secular sea tan irracional como las personas de fe a las que tanto le gusta ridiculizar. Los humanistas sostienen que los hombres son capaces de resolver sus propios problemas. También están convencidos de que la religión es la causa de gran parte de los mismos. Sin embargo, si se hace un cómputo de las instituciones y personas que se dedican a ayudar a sus congéneres, resulta que muchas o la mayoría de ellas están motivadas al menos en parte por creencias religiosas. Además, a los adeptos del humanismo secular les gusta repetir el argumento de que la religión es causa de todas las guerras. Si bien es posible que a lo largo de los siglos algunos hayan aducido móviles religiosos para emprender guerras, lo cierto es que los verdaderos objetivos por los que se libran la mayor parte de los conflictos son la conquista territorial y la obtención de botín. Hasta hace poco se consideraba que la fe en Dios era parte importante del conocimiento del hombre. No obstante, en las últimas generaciones el ateísmo ha conseguido gran cantidad de adeptos. Cabe pensar que la gente habría aprendido algo de la historia reciente y de los horrores que cometieron quienes profesaban no creer en Dios. Los últimos cien años han dejado un temible baño de sangre, gran parte de la cual se derramó a instancias de regímenes declaradamente antirreligiosos, regímenes cuya ideología giraba en torno al axioma de que el hombre iba evolucionando en pos de la perfección. ¿Cómo encaja eso dentro del esquema de los Postreros Tiempos? La Biblia afirma que «vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: “¿Dónde está la promesa de Su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación”. Estos ignoran voluntariamente que en el tiempo antiguo fueron hechos por la Palabra de Dios los cielos» (2 Pedro 3:3-5). También dice que «no vendrá [el retorno de Cristo] sin que antes venga la apostasía. [...] Por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos[...] Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira» (2 Tesalonicenses 2:3,10,11). Los defensores del humanismo secular ya llevan muchos años frente al panel de mando, y el historial de su desempeño no es muy bueno que digamos. En el otro extremo, hay personas que profesan creencias religiosas —y hasta fe en Jesucristo— cuyas acciones no son consecuentes con sus palabras, pues su conducta y modo de vivir difieren tanto de las enseñanzas de Jesús como el día de la noche. Hasta el observador más apático no puede menos que advertir que la exhortación de Jesús de amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen y hacer bien a los que nos aborrecen (Mateo 5:44) no tiene cabida en la ideología de numerosos dirigentes que se proclaman cristianos. ¿Dónde nos deja todo esto a nosotros? Pues bien, estas tristes circunstancias cumplen otro versículo sobre el Tiempo del Fin, en este caso una predicción que hizo el propio Jesús en su famoso discurso sobre las señales del Fin, el cual recoge el capítulo 24 de Mateo: «Por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará» (Mateo 24:12). ¿Qué debemos hacer entonces? Ser testigos de Dios, agentes Suyos para proclamar la verdad y la salvación, ahora y hasta el Fin mismo, a fin de que se cumplan los versículos que siguen: «El que persevere hasta el fin, éste será salvo. Y será predicado este Evangelio del Reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin» (Mateo 24:13,14).

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