viernes 25 de noviembre de 2011

Las crisis de fe


Creer puramente por fe, sin ninguna prueba tangible, no es la solución más natural para todo el mundo en todos los casos. Así como el Señor hizo a la gente muy distinta en cuanto a personalidad y aspecto físico, también existen diferentes tipos de fe. Puede que seas el tipo de persona que necesita tiempo y estudio para llegar a un convencimiento, o que por el contrario seas de los que abrazan diversos conceptos sin mayores cuestionamientos. En cualquier caso, lo que importa es el objetivo final: que tengas una fe viva.
No es extraño que todos pasemos por crisis de fe y que abriguemos dudas o pongamos en tela de juicio ciertos aspectos doctrinales y hasta principios cardinales del cristianismo. El Señor a menudo se sirve de tales batallas mentales y espirituales para fortalecernos. Se puede valer de esos procesos para ayudarnos a redescubrir los cimientos de nuestra fe, reafirmar nuestras creencias y adquirir mayor clarividencia. Todo eso nos puede llevar a entender por qué atribuimos veracidad a ciertos principios y a repasar el fundamento bíblico de nuestra fe.
Muchos cristianos han tenido crisis de fe o han batallado contra andanadas de dudas. Me vienen al pensamiento casos notables como el de la Madre Teresa, Martín Lutero, Adoniram Judson y otros grandes misioneros. Las crisis de fe que tuvieron y las batallas que libraron para llegar a un punto de comprensión y de fe están bien documentadas. No obstante, esas experiencias derivaron en una fe más fuerte, en un conocimiento más profundo de Dios y de la relación íntima que Él quiere entablar con cada uno de nosotros. Sus batallas y victorias han inspirado a muchos. Me atrevería a decir que sus debates internos también les infundieron una comprensión más profunda de las batallas que tienen las personas para definir su fe, y que en última instancia sirven para fortalecerla. Es posible que tú mismo hayas tenido experiencias similares.
En vez de ver las dudas y las crisis de fe como amenazas para nuestra fe que deben resistirse y eliminarse de la mente y del corazón, conviene tener en cuenta que los cuestionamientos, las dudas y el escepticismo también pueden ser peldaños que nos conduzcan a una fe cristiana fuerte y madura. Pueden llevarnos a reflexionar para entender nuestra fe, a investigar para determinar la veracidad de nuestras creencias1 y llegar a tener una fe razonada y de carácter personal. Una fe edificada sobre esas bases no se tambalea con facilidad cuando es cuestionada por posturas o creencias contrarias o por los argumentos intelectuales de los no creyentes. En última instancia, todo ello puede derivar en una fe más fuerte y curtida.

A nuestros amigos


Mucho antes de la película Tiburón, antes de que Indiana Jones se viera atrapado en trampas mortales y antes de que la animación por computadora hiciera revivir a los zombis, las arenas movedizas protagonizaban algunas de las escenas más aterradoras que se veían en la pantalla grande. Casi no había película de Tarzán en la que no rescatara de esas arenas a un pobre inocente, o en la que no se viera borbotear hasta la superficie del lodo el último soplido de algún villano.
Las adversidades, como las arenas movedizas, también amenazan con aprisionarnos. Cuanto más nos agitamos, más nos hundimos. Sin embargo, la situación rara vez es tan terrible como parece. Según las leyes de la física, es prácticamente imposible que una persona se hunda más allá de la cintura en arenas movedizas. Puede que zafarse sea difícil y tome un rato, pero la persona atrapada no se hundirá del todo. Análogamente, quienes tienen verdadera fe en Dios no se hunden más allá de cierto punto ni permanecen mucho tiempo enredados en sus problemas.
Buscando en Google, uno encuentra diversos consejos para escapar de las arenas movedizas. Si trasladamos esas recomendaciones al ámbito de la resolución de problemas por la vía de la fe, la estrategia sería la siguiente:
  • No te dejes dominar por el pánico. El miedo hará que te hundas más rápido. Procura relajarte. Controla tu espíritu y confía en que Dios se hará cargo de todo.
  • Ora. Dios siempre tiene un plan mejor que el que tú puedas idear por tu cuenta.
  • Libérate de pesos innecesarios. Los apuros tienen la particularidad de hacernos ver en su real dimensión las cosas que no tienen tanta importancia.
  • Recuéstate y distribuye tu peso. Apóyate en Dios. «Por siempre te sostiene entre Sus brazos»1.
  • Ten paciencia. Los movimientos pausados dan mejores resultados que las reacciones histéricas.
  • Descansa periódicamente. Despeja tu mente y renueva tu espíritu meditando sobre enseñanzas positivas y edificantes de la Palabra de Dios.
¡Ojalá que los artículos que presentamos en este número de la revista te ayuden a aplicar estos principios! De ser así, habremos cumplido uno de los propósitos fundamentales de Conéctate: activar y fortalecer tu fe, de manera que estés bien preparado para afrontar las vicisitudes de la vida.
Gabriel
En nombre de Conéctate
1.        Deuteronomio 33:27 (NVI)

¿Actúa Dios en nuestra vida?


En el lapso de una semana oí comentarios de tres personas que me llevaron a meditar sobre el grado de intervención de Dios en mi vida.
La primera persona expresó que no sabía si a Dios realmente le interesa lo que hagamos los seres humanos, y que posiblemente no le importen mucho las decisiones que tomemos -excepto la de aceptar la salvación-, en particular las de menor trascendencia.
La segunda persona defendió la postura de que Dios solo interviene en nuestra vida después que hemos agotado todos los medios de descubrir Su voluntad; que antes de intervenir, Él espera que hagamos todo lo que está dentro de nuestras posibilidades.
La tercera persona expresó el punto de vista de que cuando Dios creó el mundo hizo como un relojero: armó y dio cuerda al reloj, pero después se retiró, dejándolo que funcionara solito. Dios concibió las leyes de la naturaleza que habían de gobernar y perpetuar Su creación; pero a partir de ese momento dejó que el universo funcionara sin ninguna intervención divina.
Estos planteamientos me turbaron, tanto es así que en los días siguientes hice una reflexión sobre el tema. Algo en mi interior se resistía a aceptar que Dios tuviera tan poco interés en participar en mi vida, o que para que me prestara atención yo tuviera que agotar primero todos mis recursos.
De ser cierta alguna de esas tres tesis, ¿qué podía yo esperar de Dios, salvo el perdón de mis errores y pecados? ¿Qué utilidad podía Él tener para mí? Lo que necesito cuando paso por una temporada turbulenta es socorro y orientación divinos, no andar preocupado de si a Dios le va a interesar ayudarme o si la situación reviste suficiente gravedad para que Él resuelva intervenir.
Ponderando estas tres hipótesis se me ocurrieron tres argumentos que las rebaten totalmente.
1. Mi experiencia personal
Dios ha intervenido en mi vida en varias ocasiones, demostrándome que a Él evidentemente le interesan las decisiones que tome.
Hace años, por ejemplo, tuve un sueño que me dio la respuesta a una disyuntiva antes siquiera de que se me presentara. Pocos días después del sueño me ofrecieron dos trabajos. El sueño me dejó muy claro cuál debía aceptar. Esa decisión me encaminó por la senda que me condujo al puesto que llevo desempeñando estos últimos 15 años como miembro del directorio de La Familia Internacional. Nada hice para obtener esa orientación, y desde luego no agoté todos los medios que tenía a mi alcance.
En numerosas ocasiones he solicitado la guía del Señor en oración y la he obtenido. Le he pedido respuestas y me las ha comunicado: en mis ratos de meditación, cuando me habla al corazón, a través de lo que leo en Su Palabra, con la sabiduría que me ha transmitido por medio de otras personas, y también a través de las circunstancias. Me ha dado asesoría y orientación muy claras, que cuando las he seguido, han dado buenos resultados. Sé por experiencia que Dios no es ajeno a mi realidad, que se interesa por mí y que, siempre que se lo permita, participará en mi vida.
2. La Palabra de Dios
Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento narran numerosos episodios en que Dios interactuó con las personas, interviniendo en distintos sucesos, ofreciendo orientación o avisando de algún peligro.
Dios ha participado también incontables veces en los procesos decisorios de Sus seguidores. En el libro de los Hechos encontramos un ejemplo sobresaliente:
«[Pablo y sus compañeros] atravesaron la región de Frigia y Galacia, ya que el Espíritu Santo les había impedido que predicaran la palabra en la provincia de Asia. Cuando llegaron cerca de Misia, intentaron pasar a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió. Entonces, pasando de largo por Misia, bajaron a Troas. Durante la noche Pablo tuvo una visión en la que un hombre de Macedonia, puesto de pie, le rogaba: "Pasa a Macedonia y ayúdanos". Después de que Pablo tuvo la visión, en seguida nos preparamos para partir hacia Macedonia, convencidos de que Dios nos había llamado a anunciar el evangelio a los macedonios»1.
Dios evidentemente tenía claras preferencias en cuanto a los lugares a los que debían ir los apóstoles, y se lo hizo saber.
La Biblia dice explícitamente que al tomar decisiones debemos acudir a Dios y pedirle orientación. Explica además que si lo hacemos, Él nos encaminará: «Reconócelo en todos tus caminos y Él hará derechas tus veredas»2. «Te haré entender y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré Mis ojos»3.
En el libro de los Salmos David proclamó su firme creencia en la guía divina cuando oró: «Hazme oír por la mañana Tu misericordia, porque en Ti he confiado. Hazme saber el camino por donde ande, porque hacia Ti he elevado mi alma»4.
Jesús dijo que cuando tuviéramos necesidad de algo debíamos acudir a Dios y confiar en que Él nos daría lo que nos hiciera falta: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá»5.
Jesús creía que Su Padre lo llevaría a tomar sabias decisiones, como consta cuando eligió a los 12 apóstoles de entre Sus discípulos: «Por aquel tiempo se fue Jesús a la montaña a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios. Al llegar la mañana, llamó a Sus discípulos y escogió a doce de ellos, a los que nombró apóstoles»6.
En la Sagrada Escritura se evidencia que cuando queremos que Dios interactúe con nosotros, Él con mucho gusto lo hace.
3. El Espíritu Santo
Además de mi propia experiencia y de los casos que figuran en la Palabra, tengo otro argumento: Jesús prometió que una vez que abandonara físicamente nuestro mundo, el Padre enviaría el Espíritu Santo para que habitara en los creyentes. Anunció que el Espíritu Santo moraría en nosotros.
«Yo le pediré al Padre, y Él les dará otro Consolador para que los acompañe siempre: el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede aceptar porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes sí lo conocen, porque vive con ustedes y estará en ustedes. En aquel día ustedes se darán cuenta de que Yo estoy en Mi Padre, y que ustedes están en Mí, y Yo en ustedes»7.
Si Dios iba a enviar Su Espíritu para que habitara en mi interior eternamente, cabe inferir que Él no solo se interesa en mí como persona, sino también en lo que hago y en las decisiones que tomo. Yo iría más allá y argumentaría que Él no es un simple espectador de mi vida, sino que participa en ella.
Según las versiones de la Biblia, el vocablo griego parakletos -que se emplea para describir el Espíritu Santo- aparece traducido como Consolador, Consejero, Defensor o Intercesor. Me gustan esos conceptos, ya que para mí el Espíritu de Dios tiene todos esos atributos. Me encanta que Dios tome parte activa en mi vida, que se interese por mí, en quién soy y en lo que hago.
Para mí existen sobradas pruebas de que Dios desea formar parte de mi vida e interactuar conmigo. Él y yo trabajamos juntos. Su Espíritu -que vive en mí y me orienta cuando tengo que tomar una decisión- me ayuda en mi tránsito por la vida. Estoy muy agradecido de que Dios no se limitara a darme cuerda y echarme a andar, sino que me facilitara los medios para comunicarme con Él por medio de Su Palabra y Su Espíritu.
Peter Amsterdam y su esposa, María Fontaine, dirigen el movimiento La Familia Internacional.  ■
Si aún no te has conectado con ese Dios interactivo, hazlo ahora mismo aceptando a Su Hijo Jesús como tu Salvador. Basta con que repitas esta sencilla oración:
Jesús, deseo sentir en mi vida el amor de Dios y Su interés por mí. Él prometió que por medio de Ti, que eres «el camino, la verdad y la vida»8, podría llegar a conocerlo. Te abro mi corazón y te invito a entrar en él. Amén.
1.        Hechos 16:6-10 (NVI)
2.        Proverbios 3:6 (RV95)
3.        Salmo 32:8 (RV95)
4.        Salmo 143:8 (RV95)
5.        Mateo 7:7,8
6.        Lucas 6:12,13 (NVI)
7.        Juan 14:16,17,20 (NVI)
8.        Juan 14:6 (RV95)

A nuestros amigos


Hay quienes dicen que la felicidad está en la actitud que uno adopte ante la vida. Cada vez me convenzo más de ello.
Luego de prestar asistencia a mucha gente que quedó desamparada tras el feroz terremoto y maremoto que devastó numerosas poblaciones de Chile en el 2010, me he dado cuenta de que, como reza el dicho, tu actitud determina tu altitud. Hay gente positiva que sabe sacar el mejor provecho de cualquier situación, aun cuando le toca la peor parte. En el primer viaje que realicé con varios compañeros a la zona de desastre, conocimos a una señora, peluquera de profesión, que lo perdió todo cuando una de las olas del tsunami arrasó con su negocio. Al día siguiente de la catástrofe, se puso a escarbar en el barro donde antes tenía su local, y buscando buscando encontró unas tijeras, una capa y su máquina de cortar pelo. Además, descubrió que el mar había perdonado su espejo. Lavó sus implementos y poco después retomó su profesión con optimismo y gran espíritu de superación. Cuando la conocimos, nos abrazó con una sonrisa y un entusiasmo inverosímiles. Nos mostró la mediagua (casita temporal levantada por voluntarios) donde habitaba. Ya le había hecho una ventana para poder contemplar el bello bosque que rodea el campamento de damnificados. Obviamente supo tornar su desventura en ventura.
Como ella hay muchos. Por ejemplo el pescador que luego de abrazarnos largamente en medio de un paisaje desolado me dijo:
-Caballero, ¿ve ese árbol que está allá en medio de la nada? Pues ahí quedaba mi casa. Lo perdí todo. Pero doy gracias a Dios que todavía tengo a mi familia. Él me dio buenos hijos y los hemos podido criar bien. Para qué me voy a quejar.
Su fe, optimismo y gratitud tuvieron su paga, pues dos meses más tarde lo volví a ver y se me acercó apresuradamente para contarme que, después que oramos para que consiguiera trabajo, un empresario lo había contratado, y ahora ganaba el doble que antes.
Mucha gente en esas circunstancias se amargaría y culparía a Dios de sus males. No es el caso de estos nobles amigos y otros miles de sobrevivientes que se han concentrado en lo positivo y en salir adelante a pesar de los pesares.
Si quieres ser feliz en la vida, compañero,
pon la mira en la rosquilla y no en el agujero.
Gabriel
En nombre de Conéctate

jueves 24 de noviembre de 2011

El ancla



Esta esperanza que nosotros tenemos es como un ancla del alma, sólida y firme.  Hebreos 6:19 (LPD)

Tenemos a alguien que nos inspira plena confianza, que nos proporciona seguridad ahora y siempre. Sabemos que Dios vela por nosotros donde sea que estemos, en toda actividad. Tenemos esa ancla. Apenas importa lo que suceda a nuestro alrededor en el siempre cambiante mar de la vida. Podemos sobrevivir y sobreponernos a ello porque contamos con Él. 

Para entender el valor del ancla uno tiene que haber sentido la tormenta.  Anónimo

Jesucristo es el ancla de tu alma. No te afanes inútilmente por los detalles de la vida. Eres una criatura de Dios, y nada puede hacerte chocar contra las rocas. Estás a salvo, porque en Él se está a salvo. Confía en Cristo cualesquiera que sean tus circunstancias. Y tranquilízate. Disfruta del atardecer. Saborea la vida. Descansa en la certeza de que en toda tempestad tu ancla se mantiene firme. 
Steve McVey (1954-    )

Tengo un ancla muy fiable
que resiste para siempre.
No la mueve la tormenta
ni en agosto ni en diciembre.
Haré frente a la borrasca
hasta que cambien los vientos.
Cristo es mi ancla firme
en los mares turbulentos.

Y mi ancla agarra bien.

Sopla, viento, con furor.
contra mi endeble nave.
Bien anclado en el Señor,
aguantaré imperturbable.
William Clark Martin (1864-1914)

Casi todo el mundo sabe que los primeros cristianos empleaban entre ellos el símbolo del pez para indicar su fe. En cambio, su uso del ancla es menos conocido. Desde tiempos inmemoriales el ancla fue considerada símbolo de seguridad. Para los cristianos representaba su esperanza en Cristo, que los llevaría a puerto seguro en Su reino celestial. Numerosas tumbas de los primeros cristianos sepultados en las catacumbas de Roma están adornadas con anclas. Christine Hunt

No se fondea una nave aferrando el ancla a algún elemento situado dentro de la misma, sino a algo que esté fuera de la nave. De igual modo, el alma no encuentra reposo con lo que ve en sí misma, sino con lo que ve en la persona de Dios, la certeza de Su verdad, la imposibilidad de Su falsedad.  Adaptación de un texto del Dr. Thomas Chalmers (1780-1847)  

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Para leer todas las revistas conectate visita www.audioconectate.org Dios les bendiga ricamente.

No necesito luz propia


Hace varias noches mi esposa y yo estuvimos contemplando el atardecer desde la terraza. Nos quedamos hasta que se empezaron a ver estrellas. Como suele suceder, la primera en aparecer fue el lucero de la tarde. Al cabo de una hora o más todavía era la más brillante en aquella noche sin Luna. No había otra que la igualara.
Se podría decir que el lucero de la tarde está en una injusta situación de ventaja sobre las demás estrellas, pues en realidad se trata del planeta Venus, que se hace pasar por estrella. Al igual que la Luna, no emite luz propia; se limita a reflejar la del sol.
Me vino de pronto que si Venus y la Luna -que tienen una superficie mate y carecen de luz propia- relucen con tanta intensidad, yo no tengo por qué preocuparme de mi propia capacidad para reflejar a Dios, es decir, de mi grado de bondad o de piedad según mi propia percepción o la de los demás. En realidad lo único que tengo que hacer es reflejar la luz de Dios cuando Él me ilumine. Evidentemente eso no me da licencia para ser un abandonado y caer en una suerte de letargo espiritual; pero es liberador entender que no tengo que tratar de ser algo que no soy.
Luego de esa experiencia, un conocido versículo de la Biblia cobró para mí nuevo significado: «Ahora vemos por espejo, oscuramente»1. Siempre lo había aplicado a mi percepción de Dios y de las realidades espirituales; pero ahora me doy cuenta de que también se aplica a cómo los demás ven a Dios cuando yo lo reflejo. Por mucho que me esfuerce, no puedo cambiar mi forma de ser, así como un planeta o una luna es incapaz de transformarse en estrella. La transformación se produce cuando Dios me baña con Su luz. Tal vez mi superficie no sea de las más brillantes o reflectantes que hay; Su luz, sin embargo, tiene suficiente intensidad para convertirme en una estrella.