viernes, 30 de octubre de 2009

¡En defensa de los pobres! (Nehemías, capítulo 5)

Fue en el año 444 a.C., durante el reinado de Artajerjes en Persia, que Nehemías, el judío que había sido copero del rey, se entregó a la valiente misión de reconstruir Jerusalén. Aquella ciudad había sido cuna de sus padres, y en otros tiempos la gran capital de Israel. Debido a sus pecados y a su rebeldía contra Dios, los judíos habían sido vencidos y esclavizados por Babilonia hacía ya muchos años. Luego vinieron los medo persas, al mando del rey Ciro, y conquistaron Babilonia, estableciendo así un vasto imperio que duró más de 200 años. Ciro, que además de amo era amigo de los judíos, decretó en el primer año de su reinado que estos podían iniciar el regreso a Israel, su tierra. El hecho es que casi cien años después era muy poco lo que se había hecho por restaurar Jerusalén. Los muros, que una vez se habían alzado imponentes, aún se hallaban reducidos a ruinas calcinadas, y las puertas de la ciudad seguían derribadas y medio quemadas. Apesadumbrado por la triste situación en que se hallaba su pueblo, Nehemías convenció al rey Artajerjes para que le permitiera regresar a Jerusalén, ¡lo cual fue una respuesta milagrosa a sus fervientes oraciones! Debido a la lealtad con que había servido al rey y a su amistad con él, Nehemías fue nombrado gobernador de la provincia de Judá. Artajerjes le dio cartas oficiales de recomendación, así como también abundantes materiales y ayuda económica para la construcción de los muros de Jerusalén. Poco después de llegar a Jerusalén, Nehemías logró convencer a la nobleza y al pueblo de que se unieran bajo sus órdenes a fin de reconstruir la ciudad. Al principio todo marchaba muy bien y la obra progresaba rápidamente. Los muros de la ciudad se erigían a pesar de la oposición del enemigo. Pero surgieron otros problemas serios a los que hubo que hacer frente. Al mismo tiempo se produjo una gran sequía en la región. La producción de alimentos decayó a niveles desastrosos y muchos de los judíos más pobres que vivían de la tierra comenzaron a padecer sus efectos. Sin embargo, la escasez no era la única causa de sus pesares. Acaudalados miembros de la nobleza y prestamistas judíos de Jerusalén comenzaron a aprovecharse de la pobreza del pueblo. ¡No veían aquella tragedia como un motivo para ayudar a sus hermanos, sino como medio de ganar aún más dinero! En primer lugar, debido a que la producción de alimentos se hallaba casi paralizada, muchas familias que en condiciones normales cultivaban sus propias huertas, se vieron obligadas a comprar provisiones hasta que mejoraran las condiciones climáticas. Ciertos usureros codiciosos les ofrecían préstamos, por los que les cobraban intereses, logrando elevadas ganancias. Muchas familias acosadas por el hambre, en su desesperación se vieron obligadas a hipotecar sus campos, viñas y casas para poder obtener dichos préstamos. Existían otras que ya habían empeñado sus propiedades para poder pagar los impuestos que eran recaudados cada año en todas las provincias por el gobierno persa. ¡Algunos se encontraban en tan mala situación que, luego de haber empeñado sus propiedades, se vieron obligados a vender sus propios niños como esclavos a cambio del dinero que necesitaban para sobrevivir! ¡Para colmo, debido a los altos intereses de sus préstamos, a muchos se les hacía imposible cancelar sus deudas, y en poco tiempo los prestamistas se adueñaban de sus bienes, con lo cual perdían toda esperanza de comprar la libertad de sus hijos! La situación se hizo insostenible. Algunos de los dirigentes ya se habían quejado de que el trabajo en el muro se hacía muy difícil. > -¡Los obreros se han debilitado -decían-, y hay tanto escombro y desechos que jamás terminaremos! ¡Nuestros enemigos amenazan con atacarnos en cualquier momento! > La situación no podía ser más desesperante. Hasta entonces Nehemías siempre había logrado infundir fe a los hombres para que continuaran trabajando en el muro a pesar de la difícil situación. Su valor inquebrantable y su perseverancia habían contagiado a los demás. Pero se daba cuenta de que había aparecido un adversario aún más poderoso que amenazaba con destruir todo lo que él y su pueblo habían soñado. El perverso enemigo que se cernía sobre ellos y sobre el éxito de su misión era la codicia. ¡La actitud de algunos miembros de la nobleza y otras personas influyentes prácticamente aseguraba el fracaso de la obra! ¡Todo a causa de su egoísmo! Una tarde Nehemías salió a inspeccionar el trabajo en el muro. ¡De pronto se le acercó una multitud de pobres obreros andrajosos, protestando airadamente contra los prestamistas que prácticamente los habían llevado a la esclavitud económica! > -Somos hermanos de estos hombres ricos y nuestros hijos son iguales a los suyos. Sin embargo, tuvimos que vender a nuestros hijos como esclavos a cambio de dinero para sobrevivir. Nos hemos visto obligados a vender a nuestros hijos e hijas, y no podremos recobrarlos, ya que nuestras tierras y propiedades han sido confiscadas por estos hombres. Al comprobar la situación con sus propios ojos, Nehemías se enfureció. Convocó una gran asamblea para un juicio público y adoptó una actitud muy firme con los usureros: > -¿Qué es esto que hacen? -les preguntó-. ¿Cómo se atreven a exigir una hipoteca a cambio de ayudar a un hermano? ¿Acaso han olvidado que las leyes que Dios entregó a Moisés prohiben a un judío prestar dinero a un hermano con el objeto de obtener de ello una ganancia? (éxodo 22:25-27 y Deuteronomio 23:19,20) A medida que avanzaba el juicio, la indignación de Nehemías iba en aumento. > -Los demás hacemos lo que podemos por ayudar. ¡Incluso hemos comprado la libertad de muchos de nuestros hermanos con nuestro propio dinero! ¡Y ustedes los obligan a volver a la esclavitud! ¿Cuántas veces hemos de redimirlos? > Ante esto se hizo un silencio en la multitud, mientras Nehemías aguardaba la respuesta de los acusados, pero estos no atinaban a pronunciar palabra en su defensa. En primer lugar sabían que era ilícito exigir intereses sobre los préstamos, lo cual recibía el nombre de "usura". Cualquier préstamo a un hermano judío debía hacerse sin intereses. Además de eso, el que prestaba estaba obligado a considerar la situación económica del que pedía prestado y las posibilidades que tenía de devolver el dinero. ¡Ese era el plan de Dios, consistente en ayudar a los pobres, y no en arrebatarles lo poco que tenían! (Deuteronomio 15:1- 11) Nehemías recalcó aún más la gravedad del hecho ante toda la asamblea al decir: -¡Lo que hacen es perverso a los ojos de Dios! ¿Cómo podemos esperar que Dios bendiga nuestra nación si nos convertimos en nuestros peores enemigos? ¿No debemos acaso andar en el temor del Señor? ¿Es que no tenemos suficientes enemigos en las naciones vecinas que tratan de destruirnos, que ahora debemos sufrirlos entre nosotros mismos? He prestado al pueblo dinero y maíz sin intereses, y lo mismo han hecho mis compañeros y los hombres que trabajan para mí. ¡Por lo tanto, ruego a cada uno de los que han prestado con intereses, renuncie hoy mismo a todo reclamo de pago y a toda deuda, ya sea de dinero, maíz, vino o aceite de oliva, y que devuelva de inmediato los campos, las viñas, los olivares y las casas a sus legítimos dueños! Al verse ante Nehemías y toda la asamblea, uno a uno los acusados accedieron avergonzados a sus demandas. Su egoísmo había sido desenmascarado ante todos y no había más que decir. La gente del pueblo observaba perpleja, mientras aquellos hombres que se habían aprovechado de ellos tan despiadadamente prometían ayudar a sus hermanos económica y materialmente, sin interés y sin requerir una hipoteca de sus tierras, ni exigir que vendieran sus hijos como esclavos. Aquello era digno de celebración. Pero Nehemías no estaba dispuesto a correr riesgos. De inmediato llamó a los sacerdotes y exigió que los culpables hicieran un juramento formal de cumplir con lo prometido. (¡En aquellos días, un juramento público implicaba un compromiso equivalente al de un contrato escrito! Deuteronomio 23:21-23) Nehemías se quitó entonces la faja que llevaba atada a la cintura y la sacudió delante de ellos. > -¡Así sacudirá Dios a cualquiera de ustedes que no guarde su promesa! -les advirtió-. ¡Invoco una maldición de Dios sobre cualquiera de ustedes que quebrante su promesa! ¡Pido a Dios que destruya el hogar y los bienes de quien se atreva a hacerlo! > Al oír esto, todo el pueblo respondió: > -¡Amén! > ¡Y alabaron al Señor con gran alegría! Demás está decir que todos aquellos ricos cumplieron su promesa. Gracias a aquella victoria sobre el enemigo más peligroso, el enemigo interno, el trabajo en el muro fue reanudado aún con más celeridad y empeño. Una vez terminado el muro, debido a la unidad que se había alcanzado y a que el pueblo había obedecido al Señor y a Su liderazgo escogido, surgió un gran reavivamiento espiritual entre la gente. Para Nehemías habría sido muy difícil persuadir a aquellos hombres y alcanzar una victoria tan grande, de no haber dado ejemplo él mismo del amor que sentía por Dios y por su pueblo, así como también de su generosidad y espíritu de sacrificio. Durante los 12 años que reinó como gobernador de Judá tuvo una comprensión muy clara de la situación de sus compatriotas y sus difíciles condiciones de vida. Debido a ello, se negó a percibir salario alguno por su labor. En su diario, Nehemías escribió: > -No acepto salario ni asistencia alguna por parte del pueblo de Israel. Aquella actitud contrastaba bastante con la de los anteriores gobernadores de Israel, que exigían vino y alimentos y más de 500 gramos de plata por día, y habían puesto a la población a merced de sus funcionarios, que la oprimían sin misericordia. Nehemías continuaba diciendo en su diario: -Pero yo obedecí a Dios y me negué a seguir el ejemplo de los anteriores gobernadores, que imponían pagos al pueblo. Permanecí en mi puesto de trabajo en el muro, y ni yo ni los que trabajaban conmigo nos aprovechamos de nuestros cargos para obtener ventajas personales, ni adquirimos bienes propios. Asimismo, exigí que todos los funcionarios de mi gobierno dedicaran parte de su tiempo a trabajar en el muro. También di de comer diariamente a 150 judíos y jefes, sin contar a los visitantes de otras naciones, lo cual me representó enormes gastos personales. Sin embargo, me negué a exigir al pueblo un impuesto especial, pues su situación era ya bastante difícil. Este es un relato histórico tomado directamente de la Biblia. Nehemías dio un maravilloso ejemplo de lo que debe ser un dirigente creyente, abnegado y generoso. Daba ejemplo con su propia vida y no vacilaba en poner en su lugar a los que se enriquecían a costa de los pobres. Tal vez valdría la pena detenerse a pensar en lo que pudo haber sucedido en Jerusalén si los pobres hubiesen seguido sufriendo explotación y malos tratos. Al fin y al cabo, ellos constituían el grueso de la fuerza laboral. ¡Era la gente común la que, en su mayor parte, componía las fuerzas que empuñaban armas día y noche para defender su tierra de los ataques del enemigo! ¡Sin su apoyo, ayuda y cooperación, el esfuerzo por restaurar Jerusalén habría sido vano! ¡REFLEXIÓN! (1) Al parecer, los gobernantes de este mundo suelen estar ciegos a causa de su pecado: ¡la opresión de los pobres! Puede que los ricos sean muy listos cuando se trata de ganar dinero, pero al adoptar la infame política de manejar al gobierno, y todo lo que haga falta, para enriquecerse a costa de los pobres, aseguran su consiguiente caída, porque Dios casi siempre está del lado de los pobres, ¡y El hace que a la larga ellos salgan ganando! (2) En este caso, Dios envió a alguien para librar a los pobres: a Nehemías. Debido a que los codiciosos manipuladores hicieron lo que Nehemías les ordenó, el Señor bendijo al pueblo y protegió la tierra. De no haber obedecido, sin duda habrían caído. La Palabra de Dios advierte que "¡el que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará y no será oído!" (Proverbios 21:13) Pero también dice: "¡Bienaventurado el que piensa en el pobre; en el día malo lo librará el Señor! ¡El Señor lo guardará y le dará vida, y será bienaventurado en la tierra!" (Salmo 41:1,2) (3) Dios no se opone a que se tenga riquezas, contrariamente a lo que sostiene alguna gente, equivocadamente. El no ve con desagrado las riquezas. ¡Sólo se opone a que estén en manos de unos pocos cuando hay muchos que no tienen suficiente! ¡De hecho, a Dios le gusta que haya riqueza, y puede darnos más de lo que necesitamos, siempre y cuando lo compartamos para que todos tengan suficiente! No tiene nada de pecaminoso que los ricos vivan cómodamente, pues así pueden trabajar mejor y ayudar a los pobres. ¡De esa manera, con frecuencia pueden hacer mejor las cosas! Su pecado suele ser que no comparten sus bienes con los que padecen necesidad. (4) ¡Como en el caso de Nehemías, por lo general los hombres de fe que actúan movidos por Dios y tienen el valor de actuar con sinceridad, deben hacerlo solos! No siempre pueden complacer a la gente, y debido a que tienen que defender la verdad y la justicia, muchas veces no son de su agrado. Pero, ¿qué es mejor: complacer a Dios o al hombre? El apóstol Pablo dijo: "¿Busco ahora el favor de los hombres , o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? ¡Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo!" (Gálatas 1:10) ¿A quién sirves tú?

1 comentario:

  1. Excelente artículo! Me ha aclarado muchas dudas del capítulo 5 y podré compartirlo con mi familia en el estudio que estamos haciendo del libro de Nehemías.

    Dios te bendiga!

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