domingo, 22 de noviembre de 2009

La búsaueda de inspiracicn musical


Desde niño —cuando tomaba clases de piano— supe que quería ser músico. A los 15 años me aficioné a la música pop y al jazz. También empecé a componer canciones, en su mayoría dedicadas a cierta jovencita de la que me había enamorado perdidamente. Por desdicha, ella no correspondió a mis muestras de afecto. Así son las vicisitudes de un joven y atormentado músico. En fin… Asistí a unas clases de jazz y empecé a lanzarme a improvisar. Sin embargo casi todo lo aprendí por mí mismo, escuchando discos, practicando y estudiando textos. Cuando tenía 17 años, Don Burrows, en aquel entonces uno de los principales músicos de jazz de Australia, dio un recital en mi colegio. Yo había armado una pequeña banda con unos amigos, y finalizado el concierto tocamos unos temas para él. Hablando de mí, le dijo a uno de mis compañeros que nunca había escuchado a un joven que fuera tan buen pianista de jazz. También le pidió que no me dijera nada: supongo que no quería que me volviera presumido. De todos modos, mi amigo me lo contó, y como era de esperars­e, el elogio se me subió a la cabeza. Con todo, al poco tiempo me aburrí del jazz, y luego de terminar la secundaria me tomé un año para dedicarme de nuevo a estudiar piano. Mi esperanza era ser admitido en la principal academia musical de Australia, el conservatorio de Sydney. Para entones anhelaba llegar a ser compositor. Me puse a estudiar arduamente por mi cuenta y a componer. Al cabo de un tiempo fue una gran alegría enterarme de que me habían aceptado en el Con, como nos referíamos comúnmente al conservatorio. Desafortunadamente, la experiencia me resultó muy decepcionante. Estoy convencido de que apenas un cinco por ciento de lo que enseñan allí sirve para algo, cuestiones prácticas como las clases de piano y de escribir partituras. Casi todo lo demás no tenía mayor aplicación práctica. Aprendí más estudiando por mi cuenta y ensayando. Invitaban a compositores que nos daban largas y huecas charlas sobre teorías abstractas de composición, las cuales guardaban poca o ninguna relación con la música en sí. Enseñaban principios francamente nocivos, por ejemplo en las llamadas clases de civilización, en las cuales se impartían dogmas ateos y humanistas como si fueran hechos probados. Me sucedieron entonces algunas cosas aparentemente insignificantes, pero que vinieron a ser determinantes en mi vida. Un día asistí a un concierto de la Pasión según San Mateo, de Bach, una musicalización de la crucifixión de Cristo según el Evangelio de Mateo. Me conmovió profundamente no solo la música, sino también la letra. Al terminar la función, no hacía sino repetir para mis adentros: «Creo en esas palabras». Poco después le pregunté a mi profesor de composición a qué se debía que en los tiempos de Bach se produjeran piezas tan bellas y armoniosas y en nuestra época la música clásica se hubiera vuelto fea y disonante. Me refería en particular a la música de vanguardia promovida por el conservatorio. Me miró con tristeza y respondió: —Será que en aquella época contaban con la inspiración de Dios. Hoy en día ya no tenemos eso. Aquella respuesta me retumbó durante mucho tiempo en la cabeza. Empecé a preguntarme por qué no teníamos a Dios. ¿Por qué no podíamos tenerlo? Al cabo de un año y medio de estudios, ya no aguantaba más. Nos pedían que compusiéramos piezas musicales, y para obtener inspiración yo me pasaba largas horas haciendo lo que fuera necesario: Me iba a la playa a contemplar el mar, trasnochaba horas y horas acostado en medio del campo, mirando las estrellas, y ayunaba y meditaba durante días. Todo en vano. Me encontré totalmente despojado de inspiración, sin saber a quién o adónde acudir. Todo había sido mucho más fácil a los 15 años, cuando le componía canciones pop a la chica de la que estaba enamorado. Aun cuando a fuerza de intentos lograba producir alguna pieza, me sorprendía y me desmoralizaba mucho lo que oía al dirigirla. Era un reflejo gris y sombrío del mundo triste y sin sentido en el que vivía. Me fijaba en algunos de los maestros y compositores que conocía, cuarentones deprimidos y vacíos. Aunque habían alcanzado el éxito en su carrera, no tenían respuestas. Me decía para mis adentros: «¡Ojalá nunca termine yo así!» Me daba cuenta de que el sesgo humanista de la música que se fomentaba en el conservatorio no conducía a nada. De hecho, me estaba drenando toda vitalidad. Por aquel entonces recibí una carta de un viejo amigo. Había aceptado a Jesús y había ingresado en una hermandad cristiana que resultó ser La Familia Internacional. El día que me escribió acerca de su nueva vida, abandoné el conservatorio para no regresar jamás. Tres semanas después de aceptar también yo a Jesús en mi corazón, me uní a la Familia. Mis años de depresión e introspección solitaria habían terminado. Aquel fue un cambio bastante grande. Pasé de dirigir una orquesta y analizar la estructura musical de las sinfonías de Beethoven a compartir la alegría que había encontrado en Jesús con personas de la calle a las que ni siquiera conocía. No era lo que había previsto, y a veces me resultaba embarazoso, pero había encontrado lo que deseaba en la vida. Pocos meses después, el Señor me indicó que aprovecharía toda la aptitud para la música que me había concedido si me mantenía fiel a Él. ¡Vaya si cumplió con Su parte del trato!, a pesar de mis altibajos a lo largo del camino. Le tomó años enseñarme que mi talento era un don que Él me había dado y que mis conocimientos en materia musical no eran nada sin Su Espíritu y Su inspiración. Afortunadamente para mí, por fin me entró en la mollera. Recuerdo una ocasión en la que estuve revisando una pila de canciones que yo había escrito y le pedí al Señor que me diera la inspiración para componer únicamente Su música. Desde entonces, he repetido esa oración miles de veces. Por eso puedo decir con toda franqueza que a Él le corresponde todo el mérito por lo bueno que haya logrado sirviéndose de mí. No es producto de mi formación, sin duda no de aquellos aspectos de la misma que lo dejaban a Él al margen. El día que tomé la decisión de seguir a Jesús, me dijo que jamás me arrepentiría de ello. Luego de 22 años de amor, triunfos, percances, canciones y servicio, puedo afirmar sinceramente que así ha sido. No solo vivo una vida plena y feliz, sino que mi creatividad y comprensión musical se han multiplicado desde que aprendí a conectarme con la fuente. Michael Dooley es misionero y productor musical de La Familia Internacional en Oriente Medio.

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