viernes, 13 de noviembre de 2009

El regalo de la vida


Todos los años, poco antes de Navidad, me toca acudir a la misma oficina a hacer unos trámites. Normalmente mi visita resulta muy fácil y placentera gracias a la ayuda de Judy, una de las chicas que trabaja allí. Siempre la he considerado un ángel. El año pasado, al cabo de unos minutos de conversación, Judy prorrumpió en llanto. Su marido había vuelto a contraer cáncer. Ya le habían extirpado un tumor del hígado, y los médicos le auguraban poco tiempo de vida. -Tomás tiene apenas 42 años -dijo Judy entre lágrimas-, y nuestros hijos son muy pequeños todavía. La pobre estaba terriblemente angustiada por Tomás y muy preocupada por su futuro. Recé con ella para que Dios le diera paz y para que sanara a Tomás, si era Su voluntad. Judy me sonrió y me agradeció que me hubiera tomado la molestia de conversar y orar con ella. Cuando la llamé por teléfono al día siguiente, me contó que a su marido le iban a practicar unos exámenes exhaustivos al cabo de unas semanas y que entonces tendrían una idea más precisa de cuánto tiempo de vida le quedaba. Quedamos en hablar más sobre el tema cuando fuera a su oficina a terminar mi trámite antes de Año Nuevo. Varias semanas después, pasada ya la Navidad, todavía me daban vueltas por la cabeza algunos pasajes de Venid, fieles todos cuando me puse a buscar unas publicaciones para Judy y Tomás, concretamente unos folletos y un librito de reflexiones y promesas consoladoras para quienes aguardan la muerte y para sus allegados. Se titula Vislumbres del Cielo. Pensé que iban a necesitar que la Palabra de Dios les infundiera muchas fuerzas y aliento. Al arribar a la oficina, Judy no estaba en su escritorio. Supuse que estaría con su marido. Sin duda en aquellos momentos él necesitaba más que ella estuviera a su lado que en la oficina. De golpe entró, y al verme se le iluminó el rostro. Me explicó que en el último examen que le habían practicado a su marido no se había encontrado ningún rastro del tumor canceroso que los mismos médicos le habían mostrado claramente en la ecografía anterior, antes que orásemos por su curación. Había desaparecido por completo. Los doctores estaban perplejos. Judy y Tomás se llenaron de euforia. Quisieron llamarme para contarme aquella estupenda noticia, pero no encontraron mi número de teléfono. Judy y yo dimos rienda suelta a nuestra alegría ahí mismo en la oficina. Al mirar el ejemplar de Vislumbres del Cielo que todavía llevaba en la mano, me di cuenta de la poca fe que había tenido en que Dios respondería a nuestras plegarias. Me sentí un poco avergonzado por eso, pero a la vez muy feliz de que Dios hubiera concedido a Judy y Tomás un regalo de Navidad tan maravilloso: el regalo de la vida. Tomás importa productos de repostería y le había encargado a su esposa que me obsequiara una bolsa de galletas en agradecimiento por haber rezado por él. En ese momento se me saltaron a mí las lágrimas. o Michael Palace es misionero de La Familia en Taiwán.

No hay comentarios:

Publicar un comentario