viernes, 13 de noviembre de 2009

Dar gracias en todo


Cuando mi hija era pequeña y deseábamos inculcarle buenas actitudes, un día la oí rezar: —Querido Jesús, para la lluvia, y que mañana haga un día bonito. Yo le dije: —Mi vida, no creo que al Señor le importe que le pidamos que detenga la lluvia y que le hagamos saber nuestros gustos y deseos, con tal que tengamos presente que no siempre puede darnos lo que queremos. La lluvia también es necesaria. Si la necesidad que tenemos de que pare la lluvia fuera más importante que la que tienen la hierba, las flores, los árboles y las plantas de que siga lloviendo, no vería nada de malo en que oraras así. Estoy segura de que el Señor te respondería. Sin embargo, ten en cuenta que así como necesitamos días de sol, también nos hacen falta días de lluvia, y que los días lluviosos también pueden ser bonitos. Si sólo llamamos bonitos o buenos a los días de sol, terminamos pensando que los lluviosos son feos o malos. Procuremos, pues, alabar siempre al Señor por el bello día que nos ha dado, sea soleado o lluvioso. Parecía una enseñanza sencilla y pueril —agradecer tanto la lluvia como el sol—, pero me hizo tomar conciencia de que la forma en que hablamos de las cosas afecta nuestro estado de ánimo y nuestra perspectiva de la vida. Lamentablemente, muchos nos hemos formado el mal hábito de usar una terminología negativa para referirnos a ciertas situaciones. Si lo que nos proponemos es tener una actitud más positiva y pensar de manera más optimista, también debiéramos renovar nuestro vocabulario de manera que nos expresemos más positivamente; porque es bastante difícil decir que un día es malo y al mismo tiempo pensar positivamente de él. No sólo es preciso que cambiemos nuestro modo de pensar, sino también los calificativos que ponemos a las cosas. El caso es que el vocabulario que empleamos, la etiqueta que ponemos a las cosas, nuestra forma de expresarnos, influye mucho en nuestra manera de pensar. Sería bastante difícil considerar inteligente y capaz a un tipo apodado cabeza de chorlito. Si queremos pensar de manera positiva, hablemos de manera positiva. No es que esté mal pedir al Señor que cambie algo —las condiciones del tiempo, por ejemplo— cuando haya necesidad de ello. Si algo perjudica o estorba, sabemos que Él puede responder a la oración y vencer esas condiciones. Sin embargo, hasta que eso suceda —o aunque no suceda—, podemos conservar una actitud positiva, expresarnos con optimismo y agradecerle al Señor lo que nos ha dado. Según nos exhortan las Escrituras, debemos contentarnos cualquiera que sea nuestra situación (Filipenses 4:11). Por un lado, se podría argumentar que al pedir al Señor que cambie algo, uno no está realmente contento con las circunstancias. Pero no podemos basar en ese versículo toda nuestra vida y filosofía. Hay que contrapesar un pasaje con otro. Si consideramos que ese verso nos manda contentarnos pase lo que pase, jamás nos vamos a animar a pelear la buena batalla de la fe (1 Timoteo 6:12) o a rezar para que alguien sane (Santiago 5:16). De hecho, nunca oraríamos por nada. Cuando tengamos la impresión de que algo tiene que cambiar, en primer lugar debemos orar para que ese cambio se efectúe. Al mismo tiempo debemos preguntar al Señor y plantearnos a nosotros mismos si quiere que acompañemos esa oración con alguna acción. Pero una vez que hayamos orado y hecho todo lo que esté a nuestro alcance, mientras esperamos que Él responda, debemos dar gracias en todo (1 Tesalonicenses 5:18). Si realmente creemos que el Señor es dueño de la situación, debemos contentarnos sea cual sea Su respuesta. Y aunque no se produzca el cambio que solicitamos, tenemos el deber de darle las gracias, con la confianza de que «bien lo ha hecho todo» (Marcos 7:37). Así no nos apasione la lluvia, por ejemplo, podemos estar contentos, seguros de que cada día que Él nos da es «el día que hizo el Señor», por lo cual «nos gozaremos y nos alegraremos en él» (Salmo 118:24). «Dad gracias en todo» (1 Tesalonicenses 5:18). Eso quiere decir que debemos dar gracias en toda situación. Si bien uno quizá no diga: «Gracias, Señor, por la tormenta», o: «Gracias por esta sequía», sí puede exclamar: «Gracias, Señor, por otro día de vida». Si algo malo nos impulsa a orar y nos enseña fe, paciencia, amor y perseverancia, cabe arribar a la conclusión de que no es malo, porque su mal efecto queda opacado por el bueno. En la vida la mayor parte de las cosas tienen su pro y su contra. Pero siempre que lo positivo compense con creces lo negativo, podemos y debemos decir que lo ocurrido fue bueno. Y para quienes amamos a Dios y confiamos en Él, así es en cada caso, pues a la larga Él hace que en todo lo que nos sucede el bien eclipse al mal. «A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (Romanos 8:28).

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