jueves, 26 de noviembre de 2009

Cada cual escoge qué creer


¿Cómo llegó a existir el universo y todo lo que hay en él?¿Es el resultado de un proceso desencadenado por algún hecho inexplicable, o fue obra de un diseñador inteligente?Las dos vertientes del debate La verdadera ciencia se basa en lo que se conoce como el método científico. Consiste en plantear una pregunta, reunir datos mediante la observación y la experimentación, y revisar la validez de una hipótesis que responda a la pregunta. Solo cuando los experimentos confirman una teoría por medio de resultados observables y repetibles pasa dicha teoría a ser un hecho científicamente aceptado. En círculos ateos y materialistas, las dos principales teorías científicas sobre nuestros orígenes son la del Big Bang —o de la gran explosión—, que propone un modelo del desarrollo del universo, y el evolucionismo, que pretende explicar el origen de la vida. Cada vez salen a la luz más pruebas de que el universo y todo lo que contiene son obra de un diseñador inteligente y no fruto del azar. Lo cierto es que la teoría del Big Bang y el evolucionismo no son tan convincentes ni se basan tanto en hechos como afirman sus defensores. Ninguna de esas dos teorías puede confirmarse mediante experimentos observables y repetibles, como tampoco es posible probar científicamente la creencia de que todo fue creado por Dios. Así pues, aceptar una u otra explicación es cuestión de fe. Cada cual escoge qué y a quién creer.Leyes de la ciencia que la teoría del big Bang y el evolucionismo no cumplen Toda ley de la ciencia describe un principio inmutable de la naturaleza, un fenómeno científicamente observable que ha sido objeto de numerosas mediciones y experimentos y que ha demostrado repetidamente ser invariable en todo el universo conocido (por ejemplo, la ley de la gravitación universal y las del movimiento). Una ley científica que incumple la teoría del Big Bang es la de la conservación del momento angular. Según este principio, todo objeto que se desprende de otro en rotación continúa girando en el mismo sentido que el objeto del cual se desprendió. La teoría del Big Bang es objeto de frecuentes actualizaciones conforme aparecen nuevos factores, pero en esencia afirma que el universo surgió de un punto infinitesimalmente pequeño de altísima densidad que giraba a una velocidad endiablada. El estallido de ese punto arrojó materia en todas direcciones, materia que se dilató y formó cada uno de los cuerpos celestes que hay en el universo, el cual sigue en constante expansión. El movimiento de rotación de los planetas es observable. De acuerdo con el principio de conservación del momento angular, si todos salieron de un mismo objeto primigenio, deberían girar en el mismo sentido. Pues en nuestro Sistema Solar, sin ir más lejos, hay dos planetas, Venus y Urano, que van a contramano de los demás. Ese solo hecho es argumento suficiente para rebatir la teoría del Big Bang. Entre las leyes de la física está el segundo principio de la termodinámica. Dicha ley señala que la energía útil del universo está en disminución y que llegará un momento en que se agotará. Una consecuencia de ese principio es que el estado más probable en que puede terminar todo sistema natural es el de desorden. Todo sistema natural abandonado a su suerte termina por degenerar. Isaac Asimov, connotado científico, autor de obras de ciencia ficción y partidario de la teoría del Big Bang y del evolucionismo, lo explicó de esta manera: Otra forma de expresar el segundo principio sería: «El universo está constantemente desordenándose». Al enfocarlo de esa manera, descubrimos en todas partes cumplimientos de ese segundo principio. Para ordenar una habitación es preciso hacer un esfuerzo; si uno no hace nada, se desordena con mucha rapidez y facilidad. Aunque nunca entremos en ella, se llena de polvo y de moho. ¡Qué difícil es mantener una casa, una máquina y aun el propio cuerpo en perfecto estado! ¡Con qué facilidad se deterioran! Basta con que nos quedemos cruzados de brazos para que todo se deteriore, se caiga, se desgaste y se deshaga solo. Eso es ni más ni menos lo que expresa el segundo principio. Sin embargo, el meollo de la teoría de la evolución es que todo adquiere cada vez mayor complejidad, que formas sencillas de vida dan lugar a otras más complejas, que del caos nace el orden. Esto contradice de lleno el segundo principio de la termodinámica. Este argumento por sí solo bastaría para echar por tierra la hipótesis de la evolución. Los evolucionistas lo refutan afirmando que una fuente de energía externa puede revertir el segundo principio. Por ejemplo, un ama de casa —la energía externa— puede ordenar un cuarto que está patas arriba. Explican que el sol es esa fuente de energía externa, y que a lo largo de miles de millones de años la energía solar ha hecho las veces de ama de casa que limpia y ordena constantemente la habitación. Pero la simple observación demuestra que la energía solar no es capaz de crear vida a partir de materia inanimada, ni algo complejo con elementos simples. Supongamos que el sol irradia su luz sobre dos plantitas, una viva y una muerta. Si a ambas plantas se les proporciona la misma cantidad de agua y de nutrientes, la que está viva prosperará, mientras que la muerta se pudrirá. La energía del sol no basta para generar vida. Y, de conformidad con el segundo principio de la termodinámica, la planta muerta acabará por descomponerse y desintegrarse.

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