jueves, 23 de junio de 2011

Parajes desolados

Camino tedioso. ¡No se duerma! No era el primer letrero de ese tipo con que nos topábamos. Desde hacía varias horas, hasta donde alcanzaba la vista no se veían más que interminables tramos de desierto, saguaros y algún que otro árbol de mezquite. Estaba cruzando con mi marido el desierto de Chihuahua, el tercero más extenso de América.



Un rato después nos detuvimos en una estación de servicio, la primera construcción que veíamos en más de una hora. Me bajé del vehículo para estirar las piernas. Mientras mi marido pagaba el combustible, me puse a conversar con el joven que nos atendía.


—¿Eres de aquí?


—Sí, señora.


—Debe de ser difícil vivir en un sitio tan aislado. ¿No te sientes solo? ¿No te aburres? —le pregunté.


—No, señora —me respondió—. Dios está aquí. Lo veo en la naturaleza —y se puso a enumerar—: Hay camaleones, coyotes y serpientes de cascabel, correcaminos que persiguen lagartijas, y águilas reales que andan en busca de liebres. Y esta tierra árida y arenosa nos da las deliciosas pitahayas y los nopales.


Su candor y entusiasmo fueron tan refrescantes como inesperados.


Más tarde, mientras seguíamos nuestro recorrido por aquellos parajes desolados que no parecían acabar nunca, pensé en lo que me había dicho aquel joven y recordé a otras personas a las que Dios se manifestó en áridos páramos.


Agar huyó al desierto, donde Dios salió a su encuentro y la bendijo (Génesis, capítulo 16).


Dios llamó a Moisés en el desierto del Sinaí (Éxodo 3:1-10), y fue ahí mismo donde le entregó los 10 mandamientos (Éxodo 19:1,3).


Elías se refugió en un desierto pelado y escuchó allí la voz de Dios (1 Reyes 19:7,8,13).


Juan el Bautista vivió en el desierto hasta que recibió de Dios el llamamiento de preparar el camino para el Mesías (Lucas 1:80; 3:2).


Jesús venció las tentaciones de Satanás en el desierto al que se retiró antes de comenzar Su obra pública (Mateo 4:1).


Dios envió a Felipe a un camino desértico para que le explicara a un eunuco etíope cómo podía salvarse (Hechos 8:26-39).


¿Y tú? ¿Sientes que estás atravesando algún desierto árido y desolado? Anímate. Dios está allí.






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