viernes, 10 de junio de 2011

Para progresar hay que cambiar

El progreso puede ser un arma de dos filos. Por una parte es maravilloso, porque nos acerca a nuestras metas. Por otra parte, los cambios que el progreso exige pueden producirnos cierta incomodidad e inseguridad, o tener un efecto desestabilizador. Los beneficios son atractivos, pero muchas veces preferiríamos saltarnos la difícil fase de transición. Eso sería fantástico, no lo niego; pero la realidad es otra.



Aunque resistirse a cambiar es propio de la naturaleza humana, es posible superar esa propensión. Todos podemos optar por ser impulsores de los cambios.


Un consejo básico es no afrontar una ola de cambios con miedo, como esperando lo peor. El surfista no se parapeta detrás de su tabla para intentar frenar la ola. Más bien, antes que ésta lo alcance se pone a remar en el mismo sentido, de modo que la ola lo arrastre cuando llegue donde él está. El tablista confía en que la ola lo alce y lo impulse. Precisamente esa confianza hace que la experiencia sea electrizante.


En toda época de avatares es vital aferrarse al amor infalible y omnisciente de Dios. Recuerda que Él es dueño de la situación y tiene en cuenta lo que más te conviene. Independientemente de lo que haya sucedido antes o lo que vaya a acontecer más adelante, Dios es tu constante (Malaquías 3:6), tu pastor celestial (Salmo 23:1), y no te llevará por mal rumbo ni te conducirá a situaciones perjudiciales (Jeremías 29:11). El amor que abriga por ti nunca mengua (Jeremías 31:1). Su poder y fortaleza nunca merman (Judas 25).


La seguridad de que cuentas con ese poder y ese respaldo te permite encarar positivamente los altibajos de la vida. La promesa de que «a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (Romanos 8:28) te permite concentrarte en las posibilidades y no en los problemas. «¿Qué nuevas oportunidades puede traer aparejadas este cambio? ¿De qué manera puede ayudarme Dios a revertir esta situación potencialmente negativa?» Es lo que se conoce como fe expectante.


Tal grado de fe se adquiere pasando ratos con Dios, leyendo Su Palabra, abriéndole nuestro corazón, escuchando lo que nos quiere decir y alabándolo por Su bondad. En cambio, si nos empeñamos en resolver las cosas por nuestra cuenta o desatendemos nuestras necesidades espirituales, difícilmente tendremos la fe necesaria para hacer frente a las vicisitudes. Dedícale un espacio de tiempo a Dios todos los días. Considera ese rato sagrado. En esos momentos de comunión íntima Él fortalecerá y renovará tu espíritu (Isaías 40:31). Así estarás listo para cualquier cosa, pues tendrás la certeza de que Dios te va a sacar adelante.






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