viernes, 27 de noviembre de 2009

REVISTA CONÉCTATE 84 AÑO 2007


Cuenta una leyenda que hubo una vez cierta comarca tan aislada geográficamente que sus habitantes estaban convencidos de que las cumbres que rodeaban su estrecho valle constituían el confín del mundo. Y para ellos lo eran. Muy de cuando en cuando algún osado se aventuraba más allá de los cerros circundantes y retornaba con historias fantásticas de lo que había visto y experimentado allende los montes. Irremediablemente, sin embargo, las crónicas de aquellos viajeros eran acogidas con total escepticismo y consideradas inventos que a poco se olvidaban. La vida en aquel terruño volcado sobre sí mismo no era fácil. Pero los pobladores, largamente acostumbrados a los rigores cotidianos, vivían resignados a su suerte. Eso sí, las cosas se ponían peliagudas cuando sin ninguna advertencia el río se desbordaba y anegaba el pueblo, cubriéndolo de lodo; o cuando misteriosamente los cultivos se incendiaban en la noche; o cuando el agua de los pozos enfermaba tanto a los vecinos como a sus animales. La tradición señala que un día llegó a aquel paraje un forastero y les relató historias fabulosas de un reino de indescriptible belleza que se extendía al otro lado de los cerros. Fieles a su costumbre, los lugareños se burlaron estrepitosamente de él. Tampoco le dieron crédito cuando les reveló que las riadas, los misteriosos incendios y los pozos contaminados eran obra de un malvado príncipe que gobernaba otro reino más bien lóbrego ubicado también más allá de las montañas, y que él —el forastero— había ido con la misión de enseñarles a defenderse de aquel oscuro personaje. Transcurrido cierto tiempo, el forastero se marchó, y nunca más supieron de él. Y hasta el día de hoy las gentes de aquella comarca siguen lidiando con su ingrata realidad. Uno se pregunta cómo puede un pueblo ser tan necio y de mente tan cerrada. Sin embargo, muchas personas reaccionan así hoy en día frente a los asuntos de la esfera espiritual, la cual influye en todos nosotros y nos aguarda al final de esta existencia terrenal. Digamos que Jesús es como el forastero del cuento, con una salvedad: que Él nunca nos abandona a nuestra suerte. Vino más bien para enriquecer nuestra vida. Quiere revelarnos los secretos del mundo del espíritu, y para comunicarnos con Él tenemos la oración.Gabriel, en nombre de Conéctate

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