lunes, 2 de noviembre de 2009

El propio Dios me salvó de la muerte


«El tren cobraba más velocidad. Esperaba la muerte en cualquier instante». Desde un principio me percaté de que aquel no era mi día más afortunado. Estaba ilusionada porque por la noche iba a viajar a Moscú en tren, ¡mas parecía que todo salía mal! Cuando nos subimos al auto para dirigirnos a la estación, ya se estaba haciendo tarde. Me inquietaba la idea de que no fuéramos a llegar a tiempo. Para colmo, el auto no arrancaba. Teníamos los minutos contados. Al final nos subimos a la furgoneta de un amigo y emprendimos el trayecto. Luego pasamos de largo una calle por la que teníamos que torcer, nos perdimos y tuvimos que volver atrás. —Señor, se nos ha hecho muy tarde. Sé que Tú nunca fallas. Te ruego que hagas un milagro, lo necesitamos sin falta. ¡Que no salga el tren! ¡Te lo suplico! —recé. Nada más llegar a la estación, consulté el reloj. Faltaba un minuto para la hora de partida. ¡Me resultaría imposible tomar el tren! —Jesús, ¡te ruego que me escuches! —seguí rezando. Y salí corriendo. Marek, mi compañero, iba detrás de mí. Al pisar el andén, me encontré con que el tren ya se deslizaba por las vías, acelerando progresivamente. —¡No! —supliqué—. ¡No puede ser! Jesús, ¿por qué no detienes el tren? Salté al estribo. Entonces me di cuenta de que la puerta estaba cerrada por dentro y de que no había nadie en el vagón para abrirla y dejarme entrar. Me quedé colgando de la puerta. El tren cobraba velocidad rápidamente. Advertí que no tenía caso intentar entrar y pensé que lo mejor sería saltar. «Pero el suelo está cubierto de hielo —dije para mis adentros—. Si caigo ahí, ¡probablemente resbalaré hacia las vías!» Mi horror iba en aumento. Sin embargo, parecía no haber otra salida. Al saltar, se me trabó un pie en el estribo y fui a parar debajo del tren. Desesperada, me agarré a algo. El tren iba cada vez más rápido. La cabeza me colgaba y me la golpeé contra el suelo. Tenía el pelo largo y suelto, y todavía no entiendo cómo es que no se enredó con las ruedas. Lo único que escuchaba era el estrépito del tren en movimiento. Si hubiera gritado no habría servido de nada. En ese momento perdí toda esperanza. —Jesús, en unos minutos voy a contemplar Tu rostro. ¿Qué te voy a decir? ¿Qué he hecho que tenga algún valor? —recé. Esperaba la muerte en cualquier instante. No sentía temor. Sin embargo, estaba muy arrepentida de no haber logrado más en la vida, una vida que en aquellos momentos, por una tontería mía, estaba a punto de terminar. ¡Ojalá se me concediera otra oportunidad! Las manos me dolían mucho. ¡Se me estaban congelando! ¿Cuánto más lograría aguantar? De repente, el tren se detuvo. Luego me enteré de que el maquinista había escuchado voces en el andén. Se asomó, alcanzó a ver una de mis botas que sobresalía del tren y puso el freno de emergencia. Todo había sucedido en cuestión de minutos. Yo pensaba que estaría malherida. No obstante, y con gran asombro de todos, ¡no me hice más que unos rasguños y moretones! —¡Tiene que haberla salvado el propio Dios! —exclamó el sorprendido maquinista. Todos los que se acercaron también me miraban incrédulos. Luego vi a Marek. Él me había perdido de vista antes que me montara al tren, y al constatar que éste había iniciado la marcha, se dio la vuelta para buscarme. Luego escuchó gritar a la gente: —¡Una chica se cayó debajo del tren! Pero no se imaginaba que era yo. Al fin abordamos el tren y a la mañana siguiente llegamos a Moscú. Reflexionando sobre aquel día, me cuesta creer que de verdad sucediera todo aquello. Seguro que tenía un ángel al lado. No lo vi, pero tengo la certeza de que había uno. No estuve sola en aquel trance. Ahora soy consciente de que no soy dueña de mi vida. Quizás en otro tiempo sí, pero la tiré tontamente a la basura. El Señor misericordiosamente la tomó en Sus manos y me la devolvió. Ahora le pertenezco a Él.

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