viernes, 13 de noviembre de 2009

Acepté sus designios


El último año de vida de mi marido sometió mi fe a una prueba de fuego. Pedro sabía desde hacía varios años que tenía cáncer. Para entonces estaba desahuciado. Cada día que pasaba se hacía más difícil; no obstante, él seguía sacando fuerzas de la Palabra de Dios y confiando en Él. Aunque físicamente se iba debilitando, en espíritu estaba cada vez más fuerte. En todo momento se mostró a la altura de las circunstancias: peleó «la buena batalla de la fe» —como se la denomina en la Biblia (1 Timoteo 6:12)—, y Jesús lo recompensó con una paz que sobrepasaba todo entendimiento (Filipenses 4:7). ¡Ojalá pudiera afirma lo propio de mí misma! Yo creía que el Señor lo podía sanar si eso era lo que consideraba mejor. Oré y esperé un milagro. Pero con el paso del tiempo, al ver que Pedro no mejoraba nada, empecé a dudar que Dios quería que se curase. Me asaltó la incertidumbre: «¿No deseará tal vez el Señor llevárselo al Cielo?» Aquello me resultó muy difícil de aceptar. Me resistía a creer que eso era lo que Dios le tenía reservado. Al fin y al cabo, era un joven de apenas 25 años. Lo quería entrañablemente, y me daba miedo quedarme sola. Llegué a creer que Dios me estaba pidiendo demasiado. Una noche me puse a rezar vehementemente. Quise convencer a Dios. Le decía: «Mira, si te llevas a Pedro, yo me hundo. Abandonaré la lucha y dejaré de creer en Ti». La respuesta me vino expresada en un versículo de la Biblia: «No temas, porque Yo estoy contigo; no desmayes, porque Yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de Mi justicia» (Isaías 41:10). El Señor no contestó mi oración de la forma que yo esperaba, pero sí respondió a muchas oraciones que hicimos para que aliviara el sufrimiento de Pedro, con lo que nos demostró Su amor y Su poder hasta el fin mismo. Intenté prepararme para la muerte de mi esposo; pero cuando por fin se produjo, fue una experiencia demoledora. Mi vida se convirtió en una lucha continua hasta que acudí a la Palabra de Dios en busca de las fuerzas y la gracia que necesitaba con tanto apremio. La lectura de la Biblia y de otras publicaciones inspirativas se volvió mi única fuente certera de consuelo. Cuando dejaba de leer, me volvía a embargar el pesar. En cambio, cuando me concentraba en la Palabra, sentía el amor y la presencia del Señor de forma muy vívida y hermosa. No lograba sobreponerme al dolor por voluntad propia o apelando a mis propias fuerzas. Fue exclusivamente obra de Jesús y nada de mí misma. Algo que leí en uno de mis libros devocionales me llamó mucho la atención. Decía: «Si en vez de esforzarnos por confiar, nos acercamos más al Consolador y reposamos nuestra fatigada cabeza en la almohadilla de la gracia que Él nos dispensa —gracia que basta para todo—, la confianza viene sin esfuerzo alguno, y la prometida perfecta paz aquieta toda la agitación producida por las olas de pesar». Esto se cumplió en mí apenas reconocí que todo lo bueno que me había sucedido en la vida había sido por obra del amor, la misericordia y la gracia de Dios. Él se proponía valerse de la muerte de Pedro para recrearme, para transformarme en lo que tenía que ser, no necesariamente en lo que yo deseaba ser. Finalmente cedí. Dios no había hecho otra cosa que recobrar un alma que desde un principio le pertenecía. La había llamado a retornar a su hogar celestial. No podía menos que sentirme agradecida por los años que nos había permitido estar juntos y por habérselo llevado de forma tan pacífica a su morada eterna, donde está con Jesús y donde no hay más dolor ni muerte. Dije, pues, al Señor que entregaba mi vida en Sus manos, que podía hacer conmigo lo que quisiera. Fuera cual fuera Su designio para mí, yo trataría de seguirlo. La victoria de Pedro residió en su profunda confianza en Dios y en que fue consecuente con su fe hasta el fin de sus días. Aunque todo parecía contrario a lo que habíamos esperado y pedido en oración, él siguió fiel hasta el final. Mi victoria, por otra parte, se produjo primero cuando acepté el plan del Señor, y luego cuando acepté entre lágrimas Su amor y consuelo. Una vez que lo hice, llegué a estar más unida a Jesús que nunca. En ambos casos, fue la fe la que nos permitió soportar el dolor y sobreponernos a él. «Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe» (1 Juan 5:4).

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