lunes, 26 de octubre de 2009

¡El rey que perdió la razón!


¡Dramatización del capítulo 4 de Daniel!
Nabucodonosor, rey del Imperio Babilónico, contemplaba la capital, Babilonia, desde los jardines que había sobre el palacio imperial. El sol se ponía reflejando a lo lejos una luz dorada sobre casas y templos. Con el rostro radiante, Nabucodonosor exclamó: —¡Ah, qué agradable estar de vuelta! Con una mirada de veneración, la reina le dijo: —¡Es maravilloso que estés de regreso, mi señor! Tus últimas conquistas te mantuvieron ausente muchos meses! —¡Así es! —exclamó él—, ¡y fueron grandes conquistas! ¡Tendrías que haberme visto al mando de los ejércitos imperiales cuando arrasamos Palestina y las naciones del Jordán! ¡Nadie podía hacerme frente! ¡Obtuvimos una victoria absolutamente aplastante sobre sus ejércitos! ¡Derribamos sus muros e incendiamos sus palacios! ¡Jamás ha habido imperio tan grande como el mío, ni rey conquistador que ostente tal gloria y poder! —Esta vez has traído inmensas riquezas y tesoros! —exclamó la reina. —¡Y esclavos! —dijo el rey—. Traje también millares de esclavos! ¡Voy a incluir a varios miles en las cuadrillas de esclavos que embellecerán Babilonia! La reina contempló maravillada la gran ciudad, y dijo: —¡Se ve increíblemente espléndida! ¡Jamás ha habido en el mundo otra ciudad tan grande y magnífica! Con una expresión de sumo orgullo, Nabucodonosor respondió: —¡Tengo planeadas varias construcciones nuevas para ser concluidas en los próximos meses! ¡Me he propuesto que se vea aún más gloriosa! ¡Con todos los esclavos que traje, podré acelerar el trabajo! Luego de varias copas de vino, Nabucodonosor y la reina se acostaron, y el gran monarca, soberano de Babilonia y del mundo, se durmió entre sus relucientes sábanas de seda. En otras partes de la ciudad, hombres y mujeres de cien nacionalidades distintas, agotados por la faena del día, tiritaban de frío intentando dormir sobre rústicas esterillas de paja tendidas sobre el duro suelo de piedra. ¡Para ellos la noche pasaba pronto! A la madrugada, antes del amanecer, se levantaban soñolientos al escuchar el chasquido del látigo. Luego de una exigua comida de pan y sopa, eran llevados a las calles a trabajar. ¡Con su sudor, su sangre y sus lágrimas construían Babilonia, la ciudad más espléndida de la tierra! Poco después del amanecer, una figura solitaria caminaba por las anchas calles de Babilonia. Al cabo de un rato, giró a la derecha por la famosa «Vía de la Procesión», la avenida principal de la ciudad. Tenía cerca de 50 años y era evidentemente un funcionario muy importante. Se paseó por la ancha avenida hasta llegar a la gran puerta de Istar. De pronto, al cruzar el umbral, oyó el estrepitoso ruido de un carro que se acercaba hacia él por la avenida a toda velocidad. Al pasar a su lado a toda marcha, uno de los que iban en el carro gritó: —¡Deténte, ahí está! ¡Tiraron de las riendas bruscamente, obligando a los caballos a volver a toda prisa por la avenida, deteniéndose frente a él! —¡Daniel, sube, rápido! —dijo un noble judío de avanzada edad—. ¡El rey Nabucodonosor quiere verte enseguida! Beltsasar, conocido entre sus amigos hebreos como Daniel, se ubicó rápidamente junto a su amigo Abednego y el carro salió a toda carrera por la larga avenida, rumbo al palacio real. ¡Ni bien había llegado a las escalinatas del palacio, una docena de guardias salió a recibirlo para escoltarlo a la sala del trono! Alrededor del trono había un grupo de astrólogos y magos que conversaban animadamente, pero al entrar Daniel el rey ordenó de inmediato que salieran todos. —¡Ven! ¡Ven aquí, Beltsasar! —dijo el rey. Daniel se inclinó en señal de reverencia y se acercó al trono. —¿Qué sucede, majestad? —preguntó. Con una expresión de espanto, el rey relató: —¡Esta mañana, temprano, tuve un sueño increíble, una pesadilla! ¡Estando en mi lecho, las visiones que pasaron por la cabeza me llenaron de terror! Abatido, se tomó la cabeza con las manos y dijo: —¡Pero no comprendo su significado! Relaté el sueño a todos los sabios de Babilonia, a todos los magos, los hechiceros, los astrólogos y los adivinos, y no supieron interpretarlo! Y prosiguió diciendo: —¡¡Pero tú, oh Beltsasar, eres maestro entre los magos!! ¡Sé que el espíritu del Dios Altísimo mora en ti, y que ningún misterio es demasiado difícil para ti! ¡Hace muchos años, supiste interpretar el sueño de la gran imagen! (Véase Daniel 2.) Por tanto, he aquí mi sueño: ¡Me encontraba en una planicie y vi delante de mí un árbol que crecía y se hacía grande y fuerte! ¡Era enorme! ¡Tanto que su copa llegaba hasta el cielo; y se veía desde los confines de la tierra! ¡Su follaje era hermoso y su fruto abundante! ¡Debajo de él encontraban refugio las bestias del campo, y en sus grandes ramas hacían nidos todas las aves del cielo, y todas las criaturas de la tierra se alimentaban de su fruto! En ese momento Nabucodonosor palideció y su frente se cubrió de gotas de sudor al revivir la experiencia: —¡Luego, en mi visión, delante mío apareció un vigía! No era un centinela común, como los que montan guardia en los muros de la ciudad, sino que... —agregó, susurrando temerosamente— ¡era un santo, un ángel que descendía del Cielo! ¡El centinela gritó con gran voz: Derribad el árbol, y cortad sus ramas; quitadle el follaje y dispersad su fruto! ¡Váyanse las bestias que están debajo de él y las aves de sus ramas! ¡Mas la cepa y sus raíces dejad en la tierra, con atadura de hierro y de bronce entre la hierba del campo! Tembloroso, Nabucodonosor hizo una pausa, suspiró profundamente y continuó: —Luego el vigía ordenó: ¡Que le sea quitada su mente humana y le sea cambiada por la mente de una bestia, hasta que hayan pasado siete años! ¡La resolución es anunciada por los vigías, y la sentencia dictada por los santos, para que conozcan los vivientes que el Altísimo gobierna sobre los reinos de los hombres y que El se los da a quien quiere, y pone sobre ellos al más bajo e infame de los hombres! Y concluyó: —¡Ese es el sueño! ¡Beltsasar, dime ahora la interpretación! Daniel se sentó sobre un banco dorado, profundamente sumido en la reflexión y la oración. —¡Dios mío! —oró—, ¿qué significa este sueño? Entonces, en forma clara y paulatina, el significado del sueño le fue revelado. ¡Al darse cuenta de la verdad, Daniel quedó perplejo y sus pensamientos lo perturbaban profundamente, ya que sabía que al rey no le agradaría su respuesta! ¡Sin embargo, sabía que por el propio bien del rey, debía decirle la verdad! Al ver la expresión de preocupación en el rostro de Daniel, Nabucodonosor le dijo: —Beltsasar, que no te turben ni el sueño ni su interpretación. ¡Dime qué significa! Respetuosamente, Daniel respondió: —¡Señor mío, desearía que el sueño se refiriera a tus enemigos y la interpretación a tus adversarios! El árbol que viste, que se hacía grande y fuerte, y cuya copa llegaba hasta el cielo, de manera que era visible desde todos los confines de la tierra... eres tú! ¡Tú, oh rey, eres aquel árbol! ¡Te has hecho grande y fuerte; tu grandeza ha crecido hasta alcanzar el cielo y tus dominios se extienden hasta los confines de la tierra, desde Persia hasta la frontera de Egipto! Y continuó diciendo: —He aquí la interpretación de las palabras del vigía, oh rey, la sentencia que el Altísimo ha decretado contra ti: ¡Serás echado de entre los hombres y vivirás con las bestias; te alimentarás de la hierba como los bueyes y serás bañado con el rocío del cielo durante siete años, hasta que reconozcas que el Altísimo es quien gobierna sobre los reinos de la tierra y se los da a quien quiere! Y añadió: —¡La orden de dejar la cepa del árbol con sus raíces significa que el reino te será devuelto cuando reconozcas que el Cielo gobierna sobre la tierra! ¡Nabucodonosor miraba pasmado a Daniel, casi sin poder creer lo que acababa de oír! Daniel sabía muy bien el motivo por el que le había sido dado al rey aquel mensaje: se debía a la soberbia de creer que había construido la ciudad de Babilonia y el Imperio Babilónico gracias a su propia fuerza; y por haber oprimido y tratado cruelmente a los pobres mientras él vivía en la opulencia y la fastuosidad! Con la esperanza de que el rey Nabucodonosor cambiara o se arrepintiera para que no tuviera que pasar por aquella penosa experiencia, Daniel le dijo: —¡Oh rey, acepta de buen grado mi consejo; redime tus pecados haciendo el bien, y abandona tu impiedad! ¡Apiádate de los oprimidos y los pobres! ¡Tal vez así continúen tu paz y tu prosperidad! Perplejo, el rey Nabucodonosor permaneció sentado durante un largo rato pensando en lo que Daniel le había dicho. ¡El hecho de que hombre alguno le dijera aquellas palabras al soberano del mundo era una gran osadía! Aun tratándose de alguien a quien respetaba tanto como a Daniel. Daniel volvió a intervenir diciendo: —Pero si tú, oh rey, redimes tus pecados, puede que el Señor aún tenga misericordia de ti, y no sea necesario que ocurra todo esto... Nabucodonosor lo interrumpió abruptamente y le dijo con frialdad: —¡Puedes retirarte, Beltsasar! Durante las semanas que siguieron, se hizo evidente que a Nabucodonosor no le había agradado el consejo de Daniel, ya que su presencia no volvió a ser requerida por el rey. Durante mucho tiempo, se veía a Nabucodonosor resentido, malhumorado y temeroso de su siniestro sueño, pero no estaba dispuesto a cambiar de actitud. ¡Luego de varios meses, el temor al sueño se desvaneció, y el rey se volvió aún más altivo, orgulloso, cruel y tiránico! ¡En tanto continuaban las construcciones, cientos de esclavos más caían bajo el peso de su yugo, para no volver a levantarse! Pasaron doce meses; y una mañana, mientras paseaba por la azotea del palacio real, Nabucodonosor contempló la gran ciudad que había construido. Jamás había habido, ni jamás habría otra ciudad tan magnífica y gloriosa como Babilonia», se decía. Era la ciudad más grande del mundo. ¡El imponente muro que la rodeaba se alzaba a 90 metros de altura y tenía 24 metros de espesor, y una longitud total de 100 40 kilómetros! Pensó en el gran templo de oro que había construido para su dios Marduk, y en los otros 53 templos y 80 altares que había erigido a los dioses, en cuya construcción y decoración había invertido tanto tiempo y dinero. ¡Con orgullo, pensó en su palacio imperial, la edificación más espléndida de la tierra, y en su propia manera de vivir, rodeado de extravagancias y lujos inimaginables, que no habían sido alcanzados por ningún otro rey sobre la tierra! Ensoberbecido, Nabucodonosor abrió los brazos hacia la ciudad y exclamó en voz alta: —¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para que fuera mi residencia real, valiéndome de mi gran poder, y para gloria de mi majestad? Acababa de pronunciar esas palabras, cuando se oyó una voz que provenía del Cielo: —Esta es tu sentencia, rey Nabucodonosor: ¡has sido despojado de tu autoridad soberana! ¡El reino te ha sido quitado! ¡Serás echado de entre los hombres y vivirás con las bestias salvajes! ¡Te apacentarás de la hierba como los bueyes! Pasarán siete años hasta que reconozcas que el Altísimo es quien gobierna sobre los reinos de los hombres y se los da a quien le place! ¡Nabucodonosor, temblando de miedo y furor, gritó con desesperada arrogancia: —¡No! ¡No! ¡NO! No lo... ¡De pronto, trastabilló aturdido y cayó al suelo! Los guardias del palacio se apresuraron a socorrerlo, pero ante su asombro, levantándose en cuatro patas como un perro, huyó de ellos y se ocultó en el jardín de la azotea, gimoteando. Cuando los nobles y los consejeros se reunieron aquella tarde, quedaron perplejos ante lo que vieron. Nabucodonosor, el gran soberano del mundo, con el rostro cubierto de tierra, escarbaba a gatas entre los canteros de flores. ¡Había perdido la razón! Daniel contempló con tristeza y por última vez al derribado monarca. Junto con los demás consejeros, firmó un decreto por el cual el rey sería enviado a una granja, en las afueras de Babilonia. Los sietes años pasaron muy lentamente; los inviernos y los veranos vinieron y se fueron. En la ciudad de Babilonia ya no se oía el martilleo de los constructores ni el restallar de los látigos; ya no se construían caminos ni templos, ni se excavaban canales. Una mañana temprano, durante el séptimo año, un importante funcionario se acercó cabalgando hasta el portón de la granja, que se hallaba fuertemente custodiada. Una vez que hubo entrado, Daniel fue recibido por el capitán de la guardia. —He venido a ver al rey Nabucodonosor —dijo Daniel—. ¿Dónde se encuentra? El capitán soltó una carcajada. —'La bestia' se encuentra allí! ¡Llega usted justo a tiempo para su desayuno! —dijo señalando a un esclavo que llevaba un atado de hierba. Daniel y el capitán siguieron al esclavo, y acurrucado en la hierba, durmiendo, ¡Daniel encontró al ser más desgraciado que hubiera visto en su vida! ¡Ni el más bajo de los esclavos había sido jamás visto en un estado tan penoso! «La bestia» se encontraba tendido, durmiendo desnudo. Su cuerpo velludo se había mojado con el rocío de la mañana. ¡Tenía el pelo y la barba tan mugrientos que se le habían pegado y parecían plumas en vez de cabello! Las uñas de las manos y de los pies le habían crecido tanto que parecían las garras de un ave. ¡Al aproximarse los hombres, se despertó sorprendido! Pero al ver el manojo de hierba fresca, se levantó en cuatro patas y comenzó a devorarla vorazmente, emitiendo gruñidos mientras se la metía en la boca! Daniel no pudo contener el llanto. —¡Déjenme a solas con él! —ordenó. Luego de retirarse el capitán y el esclavo, Daniel oró al Señor con fervor, rogándole que, puesto que habían pasado los siete años, devolviera al rey a su estado anterior. «La bestia» dejó de comer por un momento y se quedó contemplando al hombre que permanecía de pie, orando. ¡En ese mismo momento, algo cambió dentro de su mente, y de pronto recobró el juicio! ¡Nabuconodonosor levantó la mirada al Cielo, y al darse cuenta de todo lo que le había ocurrido, comenzó a alabar y a dar gloria al Altísimo! Con el rostro bañado en lágrimas, dijo: —¡Su dominio es eterno; Su reino perdura de generación en generación! ¡Ante él, todos los pueblos de la tierra son considerados como nada! ¡El hace según Su voluntad con las potestades de los Cielos y con los pueblos de la tierra! ¡No hay quien detenga Su mano ni le diga: ¿Qué haces? Al día siguiente, todos sus consejeros y cortesanos fueron a la finca, y al ver al rey en su sano juicio, limpio y vistiendo sus ropajes reales, ¡le devolvieron el trono! Recuperó su dignidad y su esplendor, y su grandeza fue aún mayor que antes! Nabucodonosor había escarmentado, y en su corazón se había producido una transformación. ¡Se había convertido en el hombre piadoso que el Señor quería hacer de él! ¡De hecho, se había convertido a la fe en el único y verdadero Dios! Su transformación fue tan profunda que escribió una carta dirigida al mundo entero, en la cual confesaba su pecado y proclamaba su fe en Dios, haciendo que fuera traducida a todos los idiomas que se hablaban en su reino! ¡Aquella carta oficial de confesión pública fue tan extraordinaria que quedó registrada en la Biblia, en el cuarto capítulo del libro de Daniel! La carta del rey concluye con la siguiente afirmación: «¡Ahora yo, Nabucodonosor, alabo, engrandezco y glorifico al Rey del Cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos son justos! ¡Y Él puede humillar y degradar a los que andan con soberbia!»
REFLEXION: (1) ¡Además del trato duro y cruel que daba a los pobres, el peor pecado de Nabucodonosor era la soberbia! Tal vez el suyo fuera un caso extremo, sin embargo, en el mundo actual hay personas que habiendo alcanzado metas de mucho menor importancia, son igual de soberbias! ¡No hace falta que uno sea el soberano de un imperio mundial y viva rodeado de lujos y extravagancia para ser soberbio! ¡Algunas personas se sienten sumamente orgullosas de su apariencia, su casa o su posición social! ¡O de ser muy eficientes en su trabajo! ¡Seamos sinceros, todos somos culpables del pecado de la soberbia de una manera u otra, y tenemos nuestros pequeños «ídolos» que el Señor se ve obligado que destruir una y otra vez! (2) Al igual que Nabucodonosor, todos pecamos al atribuirnos los honores y olvidarnos de que es Dios quien nos ha dado nuestra posición, o la importancia que podamos tener! «Altivez de ojos y orgullo de corazón son pecado» (Proverbios 21:4), y cuando nos volvemos tan soberbios y se infla tanto el concepto que tenemos de nosotros mismos, nos metemos en problemas! En cuanto empezamos a sentirnos demasiado satisfechos de nosotros mismos, estamos perdidos, porque «¡antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída es la altivez de espíritu! Cuando viene la soberbia, viene la deshonra.» (Proverbios 16:18; 11:2) (3) Como queda demostrado en la historia y en la Biblia una y otra vez, ¡son muy pocas las personas a las que no corrompe el poder, la prosperidad o la popularidad! ¡El caso de Nabucodonosor es tan relevante porque gozaba de gran poder, prosperidad y popularidad, y debido a ello, se corrompió en gran manera! ¡Nosotros, a nuestro nivel, podemos caer en lo mismo si permitimos que esas cosas nos corrompan, si no permanecemos muy cerca del Señor ni lo reconocemos permanentemente en todo lo que hacemos, y no nos esforzamos continuamente por recordar que cualesquiera sean nuestras bendiciones, nos las ha dado El! «¡Toda dádiva y todo don perfecto desciende del Padre! ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? ¡No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del Cielo!» (Santiago 1:17; 1Corintios 4:7; Juan 3:27) (4) Una vez que el Señor nos revela nuestros pecados, ya sea por medio de la Palabra, o porque alguien nos los señala, tenemos dos alternativas: humillarnos, aceptarlo, arrepentirnos y cambiar, ¡o ensoberbecernos como lo hizo Nabucodonosor! Y cuando comenzamos a resistirnos al Espíritu del Señor, El comienza a resistirse a nosotros! Como dice Santiago 4:6: «¡Dios resiste a los soberbios y da gracia (misericordia) sólo a los humildes!» (5) ¡Cuando rechazamos lo que la Palabra de Dios nos dice acerca de nuestros problemas, como el de la soberbia, por lo general se vuelven más graves! ¡Nos endurecemos y nos volvemos más altivos y desafiantes que nunca! ¡Encontrarse en ese estado espiritual es muy peligroso porque las personas soberbias y egoístas son presa fácil del Diablo! La soberbia de Satanás fue el principio de todo mal, y sigue siendo la raíz de todo mal. ¡Si permitimos que se arraigue en nuestro corazón, y resistimos los intentos que hace el Señor de disciplinarnos y humillarnos, le damos al Enemigo un lugar en nuestra vida! (6) ¡En el sueño de Nabucodonosor, el árbol fue derribado de manera que lo único que quedó en la tierra fue el tocón! Lo único que podía producir aquella transformación en su corazón era ser cortado «a ras del suelo», es decir, rebajado al nivel de los pobres, para que pudiera experimentarlo en carne propia. ¡El Señor ha tenido que hacer algo semejante con muchas personas soberbias y altivas para que reciban el mismo escarmiento! Tal como confesó Nabucodonosor, «¡El puede humillar a los que andan con soberbia!» (7) Daniel tuvo que dar prueba de gran valor para decirle a Nabucodonosor que debía arrepentirse y cambiar de actitud. También nosotros debemos mostrar valor y convicción al señalar sus errores a la gente con amor y humildad, aunque le duela. (Proverbios 27:6; 28:23; Gálatas 4:16) ¡Pero debemos hacerlo con prudencia! (Proverbios 9:7-8; Mateo 7:6)
——————————————————— ORACIÓN: Te ruego, Señor, que me ayudes a no tener más alto concepto de mí que el que debo tener, sino a comprender que eres Tú quien me ha otorgado todo el bien de que disfruto, ¡sean riquezas, posición, dotes o habilidades! ¡Por favor, ayúdame a no envanecerme por las cosas que realizo, sino a humillarme bajo Tu poderosa mano y seguir siendo un siervo obediente, nada más que un útil instrumento para Tu Reino! ¡Te lo pido en el Nombre de Jesús! Amén.

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